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Cuba y la Cumbre

Por: Redacción 11/09/2014

Después de que el Gobierno cubano escondió el arsenal que transportaba el barco norcoreano, engañando, o creyendo que podía engañar a las autoridades del Canal, como si fuera armamento obsoleto, las relaciones diplomáticas de Panamá con el régimen caribeño no podían ser las mismas. Cuba debió presentar disculpas diplomáticas formales por la violación de las normas de la ONU contrarias al contrabando de armas y los requisitos del tránsito de nave por el Canal, pero no lo hizo. El gobierno de Ricardo Martinelli demostró que debajo del cargamento de azúcar, las bodegas escondían hasta piezas en buen estado de aviones Mig. Sin embargo, se manejó la situación con estricto apego a las normas internacionales de navegación.

No se comprende por qué el gobierno de Juan Carlos Varela ha invitado a Cuba a la Cumbre de las Américas, pasando por alto el gesto inamistoso del contrabando de armas y, sobre todo, que la Carta Democrática Interamericana de la OEA no permite aceptar la presencia oficial del régimen dictatorial cubano.

La Cancillería de Panamá confunde la Cumbre de las Américas con un acto social privado en el que el dueño de casa puede invitar a quienquiera. La Cumbre tiene una estructura diplomática basada en reglamentos a los que debe ceñirse cada uno de los países que por rotación la organizan.

En la reunión de la canciller panameña, Isabel de Saint-Malo, con el secretario de Estado, John Kerry, en Washington, no debe sorprendernos que la invitación de Cuba haya sido tema de explicaciones, teniendo en cuenta el incidente del contrabando de armas cubanas y los artículos de la Carta Democrática que Cuba viola hace más de medio siglo.

Sin embargo, la línea diplomática panameña de respeto a los derechos humanos y de neutralidad en conflictos se alteró con la aproximación amistosa con el Gobierno de Venezuela, que prometió pagar las deudas millonarias contraídas con empresas de la Zona Libre de Colón y no ha cumplido con la cancelación de la mercadería de las importaciones.

Así, pues, resultamos complacientes con regímenes antidemocráticos, sembrando dudas acerca de si el gobierno de Varela ostenta una nueva estrategia diplomática. Los cambios del pensamiento político del panameñismo han resultado indescifrables con este gobierno, y los conocemos cuando se llevan a la práctica.

Debemos prepararnos a que aparezcan más conejos de los múltiples sombreros de copas de los desplazamientos de política interior y exterior. Predominan los saltos erráticos en economía doméstica, relaciones internacionales, estabilidad de las reglas jurídicas, administración estatal.

Se hace todo lo contrario a lo que hicieron los gobiernos anteriores, simplemente por el prurito de dar la contra, de cambiar por cambiar, de gobernar violando las leyes y la tradición democrática asentada desde el inicio de los 90. Vivimos en un limbo en el que no es real lo que parece serlo, desde lejos.

Veremos si Barack Obama aparece al lado de Raúl Castro o de Nicolás Maduro en las reuniones de la Cumbre de las Américas. Todo puede acontecer en la dimensión desconocida si el gobierno escribe el guión de la serie de televisión en la que Panamá transcurre desde hace dos meses, pero pesa como un quinquenio.

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Viernes 7 de agosto de 2026