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¡Cuidado con la honradez!


Hace muchos años vino a Chiriquí una profesora extranjera de gran cultura y de extraordinaria competencia profesional. Había estudiado en una prestigiosa universidad europea. Yo le decía, riéndome, que ella no cabía en nuestra incipiente universidad regional. No obstante, era muy sencilla; incapaz de auto elogios y pedanterías. Pero sí tenía algo que era evidente: una insobornable honradez profesional.

Un día me dijo, confidencialmente, que estaba impresionada por la poca cultura de los profesores y de los estudiantes universitarios. No se podía explicar cómo habían llegado unos y otros a la Universidad. Se expresaban en un lenguaje pobrísimo y no demostraban ningún interés por enterarse de las grandes obras del espíritu. Francamente, se le notaba decepcionada. Un día me dijo que, en un examen que había puesto a sus estudiantes, los resultados habían sido lamentables: casi todos habían fracasado.

Yo temía que a ella le iba a hacer mucho daño su honradez profesional. Y me permití enterarla del ambiente cultural en el que se desenvolvía, de las pasiones borrascosas que suelen desencadenarse entre nosotros; y que se hiciera a veces de la vista gorda en ciertas deficiencias culturales que estaba observando, o la vida se le convertiría en un infierno…

Efectivamente, poco después oí a varios alumnos suyos, que antes la elogiaban por sus virtudes, asegurar en esa forma ladina y canallesca que se expresan los pequeños y pobres de espíritu: “ ¿Saben que la profesora es comunista?”. Y hablaban de no asistir más a sus clases y de hacer una huelga para que la destituyeran… Yo hablé con ella, y le advertí de las bajezas que se rumiaban en su contra… Y un buen día, antes de que se desencadenara la infamia, ella, muy contenta, me dijo que había conseguido el nombramiento de profesora de Español en la universidad de Austin, Texas, Estados Unidos. Y para allá se fue nuestra inteligente amiga. Y no volví a saber de ella.

Pero vean lo que ocurrió hace unos días. Yo hablaba en mi programa radial de la profesora chilena Sonia Riquelme, que era el nombre de la profesora de quien les vengo hablando, y me llamó el señor Carlos Ponce, amigo suyo, para decirme que Sonia había muerto unos ocho meses antes, mientras se desenvolvía todavía como profesora en la universidad de Austin.¡Cuanto me dolió la muerte de la profesora Riquelme! Descansa en paz, noble y vieja amiga.