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Cuidado con la soberbia y la violencia


Queridos muchachos y muchachas: la violencia está haciendo estragos en nuestra sociedad y la sangre derramada de Abel por culpa de su hermano Caín clama al cielo. El primer crimen de la humanidad se dio entre dos hermanos por culpa de la envidia, provocada por la soberbia. Les quiero decir hoy que la soberbia ha hecho tanto daño a la humanidad, quizá más que cualquier otro pecado. El creerme Dios y actuar despreciando a los demás porque los considero inferiores a mi, ha causado y sigue causando graves problemas en los seres humanos.

Les quiero decir, que en el caso de quien sí es realmente Dios, nuestro Señor Jesucristo, se despojó de todo privilegio y poder divino, para hacerse como nosotros: vivió y murió como todo ser humano, para traernos la salvación. Jesús es la humildad en grado sumo. No hay en él ningún rasgo de orgullo o soberbia. Jesucristo es nuestra paz. Pero Adán y Eva quisieron ser como dioses, cayeron en el pecado de la soberbia y nos apartaron del corazón de Dios. Según el Antiguo Testamento, la madre del pecado es la soberbia o querer ser como Dios. Como les decía, la soberbia engendra pugnas y rivalidades que producen violencia. Este terrible pecado lleva a sentir envidia, celos y ha cometer actos, algunas veces, atroces.

En definitiva, querer ser como Dios o el pecado de soberbia, conduce irremediablemente a violencia, desgracia y muerte. Hay muchas clases de violencia. Es tan violento el hombre que golpea a la mujer, como el que no le habla ni le da cariño; tan violenta la madre que golpea al hijo, como la que no le da amor; tan violento el chiquillo que es malcriado con su padre y su madre, como aquel que no les habla. Muchachos, nacimos para amarnos y vivir en paz, pero vivimos situaciones anormales por el pecado. La violencia que existe en el mundo por guerras y crímenes es impresionante. Nacemos para ser libres, pero somos esclavos y vivimos en guerra y desgracia, llevados por el pecado.

Si el ser humano cae en el pecado de la soberbia, las pasiones, que deben ser pulidas por el espíritu, se descontrolan y generan sentimientos tan tristes y dolorosos como el odio dejándonos a merced de la agresividad. Pero los instintos deben ser controlados por la razón.

Muchachos y muchachas, el termómetro que mide la presencia de Jesús en el hogar, es la intensidad de paz que exista. Jesús no está donde hay peleas, pugnas, encontronazos, rivalidades, gritos, maltrato y otros tipos de violencia. La presencia de Jesús, el Señor, trae paz, reconciliación, armonía, dominio de sí mismo, control emocional y amor. Vive en Cristo, con Él serás... ¡Invencible!

Monseñor.