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Cuidado con los envidiosos


Rómulo Emiliani, cmf. (opinion@epasa.com) / Monseñor.

Veamos lo que es la envidia. Consiste en tener una gran tristeza ante el bien del prójimo. Así como la caridad se alegra del bien de los demás, la envidia en cambio se siente incómoda, indispuesta, rabiosa cuando alguien está bien o consigue algo apetecible para el envidioso. Es un pecado capital contra la caridad que termina en odio y rompe muchas relaciones interpersonales y suele darse entre personas de una misma condición social, intelectual, laboral, etc. La envidia tiene cuatro hijas que son: la murmuración, la calumnia, el gozo ante lo malo que le suceda a la víctima y la aflicción cuando se da lo próspero en el envidiado.

El envidioso siente desprecio de los éxitos ajenos y lo complementa denigrando y rebajando los méritos del envidiado ante los ojos propios y ajenos. Por eso le atribuye debilidades, faltas y aún pecados y si descubre un fallo grave en el otro, se encargará de propagarlo y aumentarlo. Nace la envidia de la soberbia, de aquellos que desean un honor desordenado, alabanzas, reconocimientos y desean tener las cosas que otros tienen y como no las poseen, enlodan la fama del envidiado a como dé lugar. Cuando alguien destaca en cualquier campo, son normalmente los colegas, los cercanos, los que buscarán la manera de manchar y hasta borrar los méritos.

No soportan que alguien surja, porque eso les hace ver la mediocridad en la que han vivido y por eso intentarán “tapar el sol con un dedo”. Los maestros de la ley, los líderes espirituales contemporáneos de Jesús lo acusaron de mentiroso, embaucador, blasfemo, loco y de jefe de los demonios. De Él decían que era comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores. Así denigraban al Santo, al Misericordioso, al Hijo de Dios. Es que Jesús con su forma de ser les hacía ver la cantidad de fallos, errores y pecados que cometían los que detentaban el poder religioso de su tiempo. Entre los muchos motivos por los que se asesina a Jesús, está la envidia de los líderes religiosos ante la capacidad de convocatoria, el respeto que generaba, el poder de su palabra y de sus milagros, que tenía nuestro Salvador.

La envidia hace estragos en la convivencia humana y por eso dice Gálatas 5,26: “No seamos codiciosos de la gloria vana, provocándonos y envidiándonos unos a otros”. Santiago, 3,16 dice: “Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad”. Que el Señor nos dé fuerzas para superar ese mal del alma y si alguno es víctima de un envidioso, que sepa resistir con misericordia al que padece de esa enfermedad y que le pida al Señor libere al envidioso porque con Él somos invencibles.

Monseñor.