Culpas…
Decenas de personas jamás olvidarán el día que sacrificaron su vista a causa de los perdigonazos recibidos en aquella batalla sindical. Los resultados conocidos por todos tienen su cuota de responsabilidad en parte y parte. Sería injusto eximir de culpas a un grupo cuando lo que prevaleció en Bocas fue la anarquía. Al final, nadie puede declararse vencedor.
Se hace obligante hacer énfasis que quienes están en el centro del poder están obligados a rendir cuentas de su actuación. Pero como sucede en situaciones de crisis, de falta de capacidad, nadie da la cara. En cambio, se escudan en su investidura, ésa si es capaz de esconder cualquier causa o justificación.
Es lamentable que aún tengamos figuras que opten por este estilo primitivo de gobernar, donde pareciera prevalecer más el ego que la empatía, o la capacidad política.
Al igual que la negligencia, la culpa supone la voluntaria omisión de diligencia en calcular las consecuencias posibles y previsibles de un hecho. Es un concepto que extraigo del jurista italiano Francesco Carrara (1805-1880).
La culpa es uno de los sentimientos que nuestro ego emplea para condicionarnos. A medida que le damos más poder, adquiere lo que podríamos llamar cierto grado de autonomía.
Pasará el tiempo y los afectados dejarán de ser noticia, los medios ocuparán sus agendas, el gobierno quedará satisfecho por la corta memoria de su pueblo, pero nada de eso borrará las huellas que permanecen en la vida y rostro de estas personas.
Difícilmente alguien en su sano juicio le daría importancia a un sentimiento que no le beneficie como lo es la culpa, pero, y si pensara que no es culpa pero… ¿responsabilidad?
A medida que avanzamos en la vida siempre podremos hacer las cosas mejor, si consideramos que es deseable podemos regresar sobre nuestros pasos, disculparnos, reflexionar y corregir. ¿Seremos capaces de adoptar tal sentido de humanidad?
