Cultivando el odio
“Un sembrador salió a sembrar”. Frase conocida en todo el mundo, al margen de la manera aquella en que se venga a interpretar. En nuestro país se está regando el odio, como si fuera una semilla.
Lo peor del caso, sin embargo, es que, muchas veces, está cayendo en un terreno fértil de la colectividad; en aquellos que deciden acoger, como si fueran suyas, disputas personales que son de los demás. La religión social de la política, errada en su propósito, está llamando a muchos a ese culto pernicioso del insulto, de la intolerancia y del distanciamiento personal de aquellas realidades que, como sociedad, a todos nos incumben. En nuestro país, el deporte favorito ya no es el futbol, sino ese coliseo de medios sensacionalistas en los que la vida personal de unos y otros se despliega hasta despedazarse, sin respeto alguno por los hijos, por la familia, por nuestro país.
No sé en qué nos hemos convertido ya, pero el despliegue de los odios se ha proliferado y colinda con aquel que es típico de los países que navegan por el mar embravecido de la intolerancia y que nunca encuentran un puerto seguro que acoja sus diversas formas de pensar.
Se pretende encasillar al ciudadano, imprimirle, si se quiere, el hierro ignominioso de un ferrete que lo clasifique en mudo, en rencoroso y en votante útil; darle un bocado que silencie en él el hambre física y apague por completo el ansia de pensar.
Aquellos que buscan ese tipo de país, que no es nación ni patria, parecen olvidar que ellos mismos pasarán también; que en menos unas décadas, tal vez, nadie los recordará; que de las instituciones del rencor que hoy han elevado no quedará una sola piedra y que el fuego de ese odio personal se consumirá sobre sí mismo, sin afectar jamás a aquel que no lo acoja y no lo pase como antorcha; y que el legado de la intolerancia será al final solo la herencia maldecida de los suyos y también de aquellos que acogen y cultivan como propia la pesada carga del rencor ajeno.
Abogado