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Cultura de integración

Por: Redacción 28/01/2016

De un tiempo a esta parte, todo parece fracasar, pero yo creo que es una gran oportunidad para renacerse con más inteligencia, y esto se alcanza cultivándose, trabajando arduamente y aprendiendo del fracaso. Es verdad que el escenario internacional, al que debemos mirar con un corazón unido, exige compromisos y cambio de actitudes en muchas naciones, quizás utilizando los medios de la diplomacia, pero asimismo con el coraje preciso para activar relaciones más respetuosas y, por ende, de mucho más sosiego. Por una parte, observamos un mundo que tiende a descolonizarse, lo que permite a numerosos pueblos acceder a la plena soberanía, a la gestión de sus propios asuntos, con una ciudadanía responsable dispuesta a servir a la colectividad que representa. A mi juicio, esta evolución es buena, puesto que indica la madurez de sus moradores, siempre y cuando actúen en igualdad de derechos y de obligaciones, respeten sus tradiciones, sus culturas y trabajen por el bien colectivo. Pero también, advertimos, que determinados países soberanos, sustentados bajo el Estado social y democrático de derecho, se ven a veces amenazados en su integridad territorial o institucional por grupos que intentan la ruptura, quizás movidos por un afán ambicioso de poder, que en lugar de crear lazos, hunden al país.

Millones de seres humanos observan con cierta sorpresa las divisiones y perciben cómo sus predicadores políticos, en lugar de globalizar el desarrollo de la persona, suelen buscar su bien y el de los suyos, de manera partidista, avivando de esta manera la cultura de la discordia más divergente.

El mundo en el que vivimos, en consecuencia, no puede activar una cultura secesionista, puesto que cada vez la interdependencia entre todos es más creciente en todos los aspectos de nuestra existencia. Todo se ha mundializado y de qué manera. Por eso, es fundamental impulsar una cultura universalista, con conciencia global, más allá de los estilos de vida, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias. Esto significa que cada pueblo, que cada ciudadano, que cada país, debe contribuir a que se disipen las exclusiones y los prejuicios, sabiendo que la unión no solo nos enriquece, debilita también cualquier discordia. Por tanto, no nos vayamos por el camino de la secesión, de la lucha entre nosotros. La unidad siempre supera cualquier conflicto por muy grave que sea. A todos nos interesan, pues, atmósferas armónicas, que nos hagan sentirnos realizados como ciudadanos. Para ello, no hay otra manera de convivir que tender puentes: hoy por ti, mañana por mí; eso sí, avivando en todo momento la comprensión mutua y recíproca.

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