De Carlos V a Juan Carlos de Borbón
Las abdicaciones de monarcas españoles a favor de sus hijos fue práctica política frecuente. Cuando se produjo el relevo de la dinastía reinante de los Trastámaras por los fallecimientos de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, se inició el auge de la Casa de Austria. Carlos V, nacido en Gante, heredó los territorios de América, los Países Bajos, Milán y Nápoles, por el apoteósico legado de sus abuelos de Austria, Maximiliano de Habsburgo y de Isabel la Católica de España. Después de sortear el obstáculo del impedimento de su madre, Juana la Loca, que debió gobernar como reina de Castilla y las pretensiones al trono de su hermano Carlos, Carlos V fue elegido rey de romanos y luego proclamado emperador, gobernó por cuarenta años sus dilatados reinos.
El monarca habló castellano a edad madura; intentó la reconstrucción del Sacro Imperio Germánico con el asesoramiento de intrigantes diplomáticos flamencos Chievrés y Gattinara. Agobiado por la gota y las luchas con Francia y los tratados con Inglaterra, Carlos V se retiró a Yuste, y abdicó a favor de su hijo Felipe II y nombró emperador a su hermano Fernando.
Felipe II recibió la espléndida pero insoportable herencia de la caja real en quiebra, la rebelión de los Países Bajos, y los frentes controversiales de protestantes, Solimán y Francia. Pero el frente conyugal quizás fue el que le dio más dolores de cabeza por la esterilidad y los abortos de sus consortes. La búsqueda de un heredero capacitado era la obsesión que le provocaba tortuosos insomnios. Ana de Austria le dio siete hijos, de los cuales dos nacieron muertos y cuatro que sobrevivieron se malograron pronto. La muerte temprana de su hijo el príncipe Carlos lo dejó en una sombría desolación, y se resignó a dejar como heredero a Felipe III, sin considerar el talento civil y militar de Don Juan de Austria, hermano bastardo.
Originaria de Francia, la Casa de Borbón entró en Francia con un aristócrata galo, el duque de Anjou, nieto de Luis XIV, el Rey Sol. Hastiados de monarcas extranjeros en la corona española, el reinado de Felipe V incubó la Guerra de Secesión, que lo enfrentó al archiduque Carlos de Austria. El nacionalismo español hirvió en la guerra de las Comunidades contra Carlos V. Continuó crepitando el caldero nacionalista; la corona de España fue producto de enlaces matrimoniales con reinas de Inglaterra y Portugal para afianzar pactos de agresión y no agresión. Carlos V desposó a Isabel de Portugal; Felipe II a María Tudor, Isabel de Valois y Ana de Austria. Juan Carlos de Borbón tiene como compañera regia a Margarita de Grecia, madre de Felipe VI.
Otras abdicaciones resaltantes fueron la de Carlos IV, quien cedió la corona a su hijo Fernando VI que la devolvió a su padre, y este a Napoleón Bonaparte. El corso nombró rey de España a su hermano José, tristemente célebre con el apelativo de Pepe Botellas, por su afición al vino y al cognac. Concluyó su reinado con las revueltas populares contra la invasión francesa.
En el siglo XIX se escindieron los borbones en una rama masculina centrada en Carlos María Isidro de Borbón; y una rama femenina debido a que Fernando VII designó heredera del trono a su hija Isabel a los tres años de edad. Casada formalmente con Francisco Asís de Borbón merodearon en el poder valido como el autoritario Godoy. Ramón del Valle Inclán escribió estampas vitriólicas de la decadente corte isabelina en “El Ruedo ibérico”.
Isabel II finalmente abdicó en provecho de su hijo Alfonso XII en 1868. Isabel II fue la primera reina de la Casa de Borbón. Especializados en abdicaciones, escisiones y guerras, los borbones engendraron las Guerras Carlistas, entroncadas a rivales facciosas, admirablemente descritas en las novelas de Pío Baroja. Al producirse la fundación de la Primera República, Alfonso XIII entregó el poder al dictador Primo de Rivera, que puso término al fugaz veranillo republicano.
Don Juan de Borbón Battemberg, Conde de Barcelona, padre de Juan Carlos, repudió la dictadura franquista y se recluyó en el exilio, cediendo los derechos dinásticos a su hijo, nacido en Roma, bajo adversas circunstancias. Su hijo Felipe VI llega a la corona en medio de tiempos de angustia y recelo que enmarcan a la España del siglo XXI.
La corrupción tambalea el régimen de autonomías. El separatismo catalán amenaza la unidad hispana, también acechada por el nacionalismo vasco. El catalán, el gallego y el vascuence son lingua franca en las administraciones autonómicas.
La recuperación económica es lenta, mientras los desocupados son los parias de la sociedad española. En lontananza, la ultraderecha europea asoma sus colmillos fascistoides en Francia, Grecia, Austria, Dinamarca, exigiendo la desaparición del euro y el regreso de las monedas nacionales. Algunos exaltados reclaman referéndum para desvanecer la continuidad monárquica. Pero los principales partidos se aferran al formalismo constitucional, para respaldar a Felipe VI, símbolo de la unidad política y territorial que Ortega y Gasset estigmatizó como la España desvertebrada.