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De Guatemala a… ¿Panamá?
Lo que sucede en Guatemala en materia institucional y política es la consecuencia de un país que no ha logrado construir un bloque de partidos políticos fuertes, ya sea de oposición o gobierno. La institucionalidad de un país, por más que sus detractores no lo quieran aceptar, pasa por el sistema de partidos políticos, democráticos, dinámicos y robustos.
Preocupa que en nuestro país los partidos políticos, a pesar de ser testigos del periodo democrático más largo de nuestra joven historia republicana, no logran consolidarse internamente. Es cierto que partidos como el Revolucionario Democrático se han mantenido sin divisiones hasta ahora. Y así podemos avanzar sobre otros casos, pero la verdad es que, en medio de sus cada vez más frecuentes peleas internas, han ido perdiendo atractivo para el electorado, especialmente el joven.
Precisamente sobre los jóvenes, estos temas de arnulfismo y torrijismo son tan actuales como hablarles de porrismo, chiarismo o remonismo. Los jóvenes panameños menores de 25 años que votarán en las próximas elecciones nunca usaron, y no tienen idea cómo funcionan, ni el “walkman” ni el “VHS”. La historia solo les sirve para saber que la tienen que estudiar, en el mejor de los casos.
El presidente Juan Carlos Varela, quizás con mejor olfato político que sus pares para el tema electoral, eliminó desde su campaña las alusiones al caudillo de Arco Iris. Ni una palabra sobre él desde su discurso de toma de posesión. Ese tema se ha confinado a las paredes internas de la sede de Avenida Perú.
Pero con todo y eso, no abunda la juventud en el partido de gobierno. Incluso, ha desaparecido como pilar político que debe sostener la vocería de su gestión gubernamental. Toda la vocería ha recaído en el equipo presidencial, el cual fue conformado para tareas más técnicas y de construcción de mensajes políticos. La conducción partidaria no ha logrado que, quienes no tienen funciones en la esfera administrativa del Estado, o la bancada de diputados, los alcaldes o representantes de corregimiento, apoyen a su presidente en su gestión desde la vocería. Y el resultado es la percepción de lentitud que les acompaña actualmente.
El Partido Popular, socio de gobierno, ha desaparecido completamente de la escena, entre los errores garrafales de su presidente como ministro de Estado y la desbandada de sus miembros que se han dedicado a ocupar puestos de Gobierno, abandonando las tareas partidarias. En estas condiciones, su utilidad como apoyo al presidente Varela es completamente nula.
El partido Cambio Democrático vive una encrucijada que lo puede llevar a correr la misma suerte que el Papá Egoró, de Rubén Blades. Con su presidente en la ciudad norteamericana de Miami, desde donde acusa al actual gobierno de persecución política, la posibilidad de reagruparse internamente tiene pocas posibilidades de convertirse en realidad si no cuenta con el liderazgo presencial de su líder máximo. Al expresidente Martinelli lo asesoraron mal y, no entiendo la razón, le han hecho creer que se puede llevar la fiesta electoral interna sin problemas. Nada más erróneo. Y el resultado es visible. Los problemas internos de elecciones menores, como las Secretarías de la Mujer y la Juventud de ese partido, van a palidecer cuando se aboquen a elegir a los nuevos dignatarios.
El Partido Revolucionario Democrático no encuentra el rumbo. Con Martín Torrijos tratando de despegar una nave que carga el lastre de una administración que hizo mucho pero que sus propios copartidarios terminaron enlodando, y el nulo protagonismo en la vida política nacional le pueden pasar factura. Esta última situación es la misma que puede afectar el posible liderazgo y candidatura presidencial de Laurentino Cortizo. No se puede abandonar la escena política y esperar que la gente los espere con los brazos abiertos. En política, no hay sillas vacías. Pero, en el caso del PRD, parece que esa silla les está quedando grande y alta.
El Molirena sencillamente ha regresado a la antigua práctica electoral de los viejos partidos políticos liberales, de desaparecer hasta el próximo torneo electoral y contar con el arrastre de los caudillos interioranos para sacar los votos suficientes para mantener el registro electoral, y esperar mejores días para regresar al gobierno, como siempre, de la mano de otra organización política más organizada.
¿Nos espera el futuro de Guatemala o de Venezuela? ¿De Ecuador, de Bolivia? Debemos entender que lo peor para las democracias modernas son los líderes mesiánicos refundacionales que, sin ninguna base ni experiencia política, terminan convirtiendo los países en inestables Estados donde la inversión extranjera es un lejano recuerdo.
Ingeniero de Sistemas. Consultor de Comunicación Política.