De jueces y magistrados
Nada tan importante en la administración de justicia como tomar en cuenta que quienes la imparten sean hombres probos y de prudencia. La equidad debe caracterizarlos y ser parte de sus atributos innatos. Lejos de la avaricia y de toda codicia, deben, quienes imparten justicia –más bien administran la aplicación del Derecho- apegarse a un alto sentido de sencillez y humildad, no procurando vivir como reyes sino como representantes del bien y de la recta razón que mandatan las leyes.
Los jueces y los magistrados, lejos de todo falso concepto de la vida, deben empinarse en vivir realidades. Realidades de una sociedad que demanda y clama porque impere el Estado de Derecho, la razonabilidad de la Ley y que la justicia se pronuncie sin mirar a quién se favorece o beneficia. Los jueces no pueden ser negadores de la justicia sino sus facilitadores, sus instrumentos fieles.
Jueces y magistrados deben enarbolar ante cualquier circunstancia el código de la rectitud, de la verticalidad, sin más apego que el temor a Dios y el respeto a la Constitución. La justicia no es una virtud sino un sentido que debe orientar a los hombres buenos que desean empinarse, en nombre del Estado, para hacer el bien a través de decisiones y sentencias de auténtico equilibrio.
La razón se le concede no al que se jacta de la influencia o del amiguismo, sino a aquél que ha probado, sin dubitación alguna, que es merecedor de la justicia. Los jueces deben sembrar certeza ante la incertidumbre; restablecer lo dañado o perjudicado en una perfecta simbiosis de justicia y derecho. No pueden ser instrumentos veleidosos de las pasiones políticas o de las circunstancias. No pueden vivir sujetos a las variables corrientes de la opinión pública y tampoco pueden amedrentarse ante ella. Cuales hidalgos o quijotes, deben ser soñadores permanentes: de un mejor país, y que en las sentencias perfilen que el Derecho ni la Ley son de hierro o cual acero, sino que siempre el mejor sentido de la justicia es aquel que se manifiesta a través del sentido común de quien sabe advertir en los hechos y en Derecho, la divinidad de lo justo como factor desencadenante de admiración y amor por la imparcialidad y la objetividad de las leyes.
Ser juez o ser Magistrado traduce algo más que un puesto encumbrado o una posición de alto rango. Traduce impecabilidad, pureza y agudeza de pensamiento y mente clara, razón profunda y cerebro prudente. Bienvenidos a esa sagrada misión, casi divina, de juzgar a los hombres: A mi ex alumno Dr. Hernán De León y al condiscípulo Dr. Luis Ramón Fábrega. La patria les estará agradecida!
Abogado.
