De la leche infantil y otras carestías
Cuenta la leyenda que un día el príncipe Siddhartha Gautama, mejor conocido como Buda, pidió a uno de sus sirvientes que lo acompañase a ver el mundo y lo que la gente hacía. Esta aventura de noble curioso pronto lo conduciría hacia la toma de conciencia del sufrimiento humano que existía fuera de su enclaustro de suntuosidad.
Hace unos días, viví una experiencia similar, con la excepción de que mi ordinaria condición no es precisamente la de aquel príncipe. Eran las 5:45 de la tarde y me encontraba en la salida de un supermercado. Desde mi corta y limitada omnisciencia, vi llegar un vehículo policial que inmediatamente se convirtió en tema de tertulia entre dos trabajadoras del supermercado. Comentaban el porqué de esa visita oficial. Una mujer había sido atrapada hurtando leche infantil. Luego, compartieron una experiencia similar, pero con una protagonista diferente la semana anterior. Igualmente, hicieron referencia a otros establecimientos comerciales que han sido "víctimas" de actos similares, pero que han tenido la genial idea de guardar el codiciado producto bajo llave.
Con una ingenuidad digna de admirar, en medio de todas estas historias, ninguna de las dos tuvo la curiosidad de preguntarse el génesis de una tendencia casi viral. Al día siguiente, camino al trabajo, hice una parada en una farmacia. Un hombre llevaba una receta del Minsa y le pidió a la farmaceuta que le despachara lo que decía allí. No preguntó el precio de los medicamentos, pues parecía que los necesitaba con urgencia. Al regresar la farmaceuta con lo solicitado, nuestro protagonista de camisa de rayas le pregunta cuánto es. Ella le dice que cada pastilla cuesta un dólar con noventa centavos y que son diez en total. La aritmética de este evento es importante, pero lo es más la cara de impotencia de aquel hombre que con una honorabilidad que aún no logro digerir, no le quedó más que decir, "Déjelo así? después regreso."
En ese instante, pensé que buscaría otra opción de compra; ahora concluyo que no fue así, ya que en nuestro país la libre competencia se parece más a la libre confabulación para especular con los precios. Hace tres semanas, en otro punto del país y a escasos quinientos metros de uno de esos glamorosos centros comerciales, panameñamente conocidos como , observé una fila de personas de un kilómetro y medio de largo quienes esperaban la oportunidad de adquirir veinticinco libras de arroz de una de las tiendas solidarias o como les quieran llamar a esos emblemas del fracaso de la cadena de comercialización causada por la codicia y la desconsideración desmedidas de los especuladores. Este deplorable escenario era la realidad de países que alguna vez fueron motivo de lástima y consternación para nosotros, tales como Cuba, Haití y más recientemente Venezuela. Sin embargo, tal empatía dejó de ser una abstracción y se convirtió en una realidad para un número demasiado plural de nuestra población.
VI LLEGAR A UN VEHÍCULO POLICIAL QUE SE CONVIRTIÓ EN TEMA DE TERTULIA ENTRE DOS TRABAJADORAS DEL SUPERMERCADO. COMENTABAN EL PORQUÉ DE ESA VISITA OFICIAL. UNA MUJER HABÍA SIDO ATRAPADA HURTANDO LECHE INFANTIL. LUEGO, COMPARTIERON UNA EXPERIENCIA SIMILAR, PERO CON UNA PROTAGONISTA DIFERENTE LA SEMANA ANTERIOR.
Para una "flamante" economía como la nuestra, es sencillamente falto de todo el estar haciendo filas si contamos con supermercados de primer mundo con precios que, por cierto, superan a los del primer mundo. Lamentablemente, los ingresos del 80% de la población siguen postrados en el tercer mundo. No es casualidad entonces que el panameño opte por vender su alma a las tarjetas de crédito, a las financieras, a acreedores de naturaleza muy oscura y a cualquier otro medio que le permita palear con esta desproporción deficitaria. Lo más preocupante del caso es que esta antropofagia masiva que otrora fuera la política comercial exclusiva de nuestros rabiblancos se ha diseminado entre todos los sectores de la población a tal punto que el verbo 'especular' es conjugado en todas las posibles formas gramaticales a la hora de "hacer negocios".
No obstante, esta situación tiene un efecto indeseable incluso para aquellos que gozan de las múltiples "bondades" de la economía panameña, pues tal como decía Sócrates, el mal que a otros hagas, tarde o temprano revierte sobre ti mismo. Dudo que sea cómodo para nuestros rabiblancos el tener que vivir enclaustrados en sus opulentas ciudadelas amuralladas para resguardarse de la inseguridad propiciada por la inequidad que sus propias iniciativas mercantiles explotadoras engendran en el país. Tampoco lo es para el vulgo imitador, pues, tarde o temprano, terminan pagando el sobreprecio que otros, inspirados por su ejemplo, imponen a los productos y servicios que ofrecen, incluyendo a la leche infantil.
Coordinador del Centro Especializado en Lenguas. Universidad Tecnológica de Panamá. Centro Regional de Azuero.