De la Política
La política no es una actividad superficial ni el político un ser supernumerario. La política refleja la realidad propia de la sociedad, tanto a nivel superficial como a nivel profundo. El gobernante no es necesariamente sólo quien responde a las necesidades objetivas del pueblo, puede ser también quien el pueblo merece positiva o negativamente como su representante. Incluso puede ser quien sólo se le parece en algunos de sus principales rasgos y de manera general.
Al abordar un país desde el punto de vista de su política y su gobierno se revelan rasgos de su personalidad desde su función más amplia pero al mismo tiempo más integradora. Todo panorama político ofrece la visión de montañas y de valles, es decir de gobernantes y políticas sobresalientes, y políticas y gobernantes que se sitúan por debajo de este nivel. Los gobernantes de un país son consecuencia de su política, actúan a través de ella y los resultados de su gestión gubernamental se inscriben en ese proceso y los van moldeando. Si la política es democrática los gobernantes, el proceso de gobierno y sus resultados serán igualmente democráticos, de otra manera nos encontraremos en medio de una realidad autocrática en el menor de los casos y dictatorial en el peor.
Pensar que los gobernantes inventan la política por cuenta propia, como una Minerva que brota de la cabeza de un Júpiter, fuera de las circunstancias históricas que le corresponden y constituyen su contexto y fuera también de las influencias entrecruzadas que conforman su dinámica, es absurdo. Y más ilógico todavía es considerar que el gobernante ideal, ni hace política ni debe hacerla. Los pueblos pagan caro cuando algunas de estas dos posibilidades le ocurren, porque pagan por una hipocresía.
La política entendida como el arte de hacer posible lo necesario para un pueblo o para una nación y en última instancia para la humanidad en su conjunto, no es un mal necesario, sino un bien. Cuando se ejerce correctamente es de inestimable valor para la comunidad y ennoblece a quien así la practica. Por otra parte, puede ser una realidad funesta cuando se practica mal o peor aún con mala intención, y por ello son repudiables quienes así la ejecutan. Todos los pensadores que han enfocado la política seriamente, no sólo describen los posibles regímenes positivos del poder público, sino también sus perversiones y al mismo tiempo tienden a identificar el buen político diferenciándolo claramente del demagogo y de las otras versiones del mal político.
En América Latina tenemos la costumbre de señalar que toda la política es mala y que todo político es corrupto, dentro de esta indiferenciación no hay sino el recurso a un ser providencial que venga a poner la casa en orden y hacerla habitable, cuando en realidad lo que se necesita es una transformación de la cultura democrática, difícil y dificultosa, pero posible. Esta innovación no se logra a fuerza de improvisaciones ni de acciones irreflexivas por lo espontáneas, sino por el trabajo de formación duro en la cultura del electorado y de la dirigencia partidaria. Como dice Carlos Fuentes “Los Estados democráticos de América Latina están desafiados a hacer algo que hasta ahora sólo se esperaba de las revoluciones: alcanzar el desarrollo económico junto con la democracia y la justicia social”. No debemos desesperar de la política, sino por el contrario esperar en ella, para lo cual la única garantía es la participación de hombres y mujeres decentes que muchas veces se marginan de esta actividad privando a la patria de su concurso.
