De la violencia y sus códigos
Tal como decíamos en nuestro anterior artículo, publicado el día 2 de agosto, en cuanto al tema de la violencia podemos y vemos que tal fenómeno, a través de la historia, ha ocupado el análisis e investigación de múltiples disciplinas. Ha marcado el perfil de sociedades que han sufrido sus efectos. Las guerrillas son un ejemplo, superado por los terroristas, cuyo norte ideológico es, generalmente, más radical, con propósitos menos claros, hay la idea de terminar con un enemigo, al cual se quiere aterrorizar, pero su plataforma política suele ser menos clara, y recurren a la violencia como mecanismo de sometimiento, pero con una mayor imprecisión que con los grupos guerrilleros. Eso lo vemos en el caso de los insurgentes árabes, cuyos movimientos declaran su adhesión a una idea, pero no pareciera muy clara; recurren a la violencia con una mayor sensación de ser un fin, más que un medio, ya que su capacidad de maniobrabilidad política es poca, contrario a los grupos guerrilleros, los cuales en gran medida se legitiman, por lo menos en el diálogo político, y se convierten en entes de beligerancia política reconocida.
En cuanto a los terroristas, su visión los lleva a considerarse legítimos, pero sus conductas les impiden ser interlocutores reales y, al parecer, su plataforma es tan limitada que no da la idea clara de plantearse la toma del poder para lograr un espacio genuino que los convierta en participantes reconocidos. Esto nos coloca en una dimensión en la cual los actores siempre reclamarán su “autenticidad” y hasta invocarán documentos legales, normas, acuerdos, convenios, etc., que consagran dicha legitimidad. Aunque en el ejercicio de esa violencia se cometan atrocidades que pueden ser, como sucede a menudo, crímenes de lesa humanidad.
Yendo en otra dirección, en el aspecto delictivo de la violencia, podemos ver cómo en el caso del crimen organizado acabar con la vida de alguien no es su máximo sello; realmente la principal característica del crimen organizado es tomarse los espacios que la sociedad determina como sus grandes bloques defensivos: cuerpos de seguridad, altas esferas del mundo de los negocios, altos mandos gubernamentales, cuerpos de justicia, etc., y es lo que podemos atestiguar con creces analizando la experiencia colombiana en la época de Pablo Escobar y los grandes capos de los carteles del narcotráfico, así como lo que estamos viendo en los países donde el crimen organizado actúa de forma abierta. Sin embargo, observamos en Panamá y todas partes, tal como lo expresan las autoridades, al igual que las noticias, cómo en el caso del narcotráfico se plantea una lucha que aunque tiene muchos ribetes delictivos y todo lo que ello implica, igualmente posee una fuerte carga psicológica.
En realidad, la forma en que los señores dedicados al narcotráfico dan cuenta de sus víctimas nos indica que se trata de, como en los casos anteriores, dominar con base en el miedo, el terror, y la búsqueda de la impunidad. Incontables veces la lectura que se hace es que solo se busca intimidar a los traidores; entre ellos mismos utilizan formas muy crueles de asesinar, se ensañan en la meticulosidad del hecho y la fuerza que imprimen en el afán de destruir a la víctima de turno, así como la idea de querer dominar psicológicamente a quienes se atrevan a cometer hechos similares, pero también se busca amedrentar a las fuerzas del orden, a las autoridades mismas que los combaten, lo cual puede significar una forma previa de querer persuadir a las fuerzas de la ley y sus agentes de luchar en contra de ellos.
Vemos situaciones inéditas para nosotros como país, como grupo social y todo ello por cuenta de que hay mayor presencia de delincuentes organizados, tanto foráneos como nacionales, que disputan territorios, rutas, compiten por los mercados nacionales y extranjeros con los que puedan tener conexión desde Panamá y recurren a la violencia atroz, a estilos de asesinato propios de esta actividad. Eso nos indica que hay presencia efectiva de esta actividad delictiva más allá de lo que podemos pensar y que tienen su propia manera de dirimir sus diferencias, entienden que las personas que se dedican a este ilícito “acuerdan” que esa es la forma de castigar a quien “infringe las reglas de su código de conducta”, como signo de fortaleza y falta de interés hacia quienes se vuelven en contra de lo establecido como su “norma”.
Y cualquier persona entiende que así son las cosas en el mundo del delito. No se trata de tener escrúpulos, es un pacto no verbal, no escrito, es un código de identificación que vale para todos, no es si unos tienen la suficiente crueldad para hacerlo u otros no, en realidad es un procedimiento aceptado como parte de su “negocio”.
La violencia es un fenómeno muy habitual en la mayoría de las sociedades, tiene entre sus características establecer una relación desigual de poder, lo que lleva a que se produzcan hechos cada vez más fuertes, como una escalada en la que a medida que pasa el tiempo y nos perfeccionamos como civilización nos volvemos más crueles.