De los vidajenas de ayer a los pinchazos de hoy
Hay personas que sufren del “Delirio de Persecución” y sienten que hay ojos y oídos que los siguen por todas partes. Pero aparte de esta sicosis, existen en las casas de vecindad, en el trabajo, en las iglesias, en los bares y cantinas, y principalmente en las oficinas públicas, los llamados Vidajenas 18, ellos saben con quién uno entra y con quién uno sale, saben de las queridas y de los amantes, son bochinchosos y habladores, pero eso no es nada, se guardan lo más peliagudo como un as bajo la manga, para sacarlo a su favor o en su defensa cuando la oportunidad así lo indique. Esos Vidajenas 18 fueron nuestros primeros pinchadores.
Nuestra “vida privada” nunca ha sido así, “privada”, porque las compañías de crédito nos quitaron inicialmente ese derecho; por ejemplo, en los contratos de compra y venta al crédito, el comprador, en caso de mora, debía renunciar al domicilio. Yo no sé si ahora, con los derechos humanos, esa condición de vida se respete.
Antes, cuando abogados o personas querellantes querían saber la ubicación de una persona, los datos los conseguían a través de la Caja de Seguro Social. En esos tiempos los teléfonos también eran comunales y las “supuestas conversaciones privadas” podían ser escuchadas por alguna persona que levantara alegremente otro teléfono en la línea. Hoy, al pedir un descuento como jubilado en cualquier centro comercial de la localidad, el recibo de la compra lleva inscrito tus generales. No hay día, hora ni minuto que te llamen al celular o a la casa, con la información de todos tus datos personales en mano, para ofrecerte cielo, mar y tierra. Incluso, en todas las organizaciones financieras y hasta en la Policía están tus referencias personales, amén de las redes sociales como Facebook, Twitter, etc.
En las pasadas elecciones hubo un problema con el Tribunal Electoral con respecto a la venta de nuestra identidad política a organizaciones nacionales e internacionales interesadas en nosotros posiblemente como un mercado en el gran mundo de la globalización.
Me decía el profesor Indalecio Rodríguez, cuando estudiaba periodismo en la Universidad de Panamá, que “la Tecnología nos dejará al desnudo y al descubierto”.
Qué rápido hemos olvidado al D.E.N.I., al G-2 y a las cajas de Noriega.
Como quiera que sea, los medios hablaron de un “Círculo Guacho” que trabajaba descalificando toda la acción presidencial de Ricardo Martinelli, y sería bueno preguntarse hasta qué punto la ley o la Constitución le permiten a un gobierno defenderse de las amenazas visibles e invisibles de sus detractores políticos y desestabilizadores.
No es de extrañar que estas distinguidas personas, por su violencia verbal y su inquina contra el entonces presidente de la República, Ricardo Martinelli, recibieran una atención especial… y más porque son los líderes que tienen a su haber el comando de la opinión pública y que por tal razón siempre están en primera línea del acontecer nacional. El tiempo en que los periodistas y comunicadores sociales éramos los orientadores de la opinión pública, pasó. Hoy está a la vela, en manos del que más habla y más tuitea.
Pero el caso de los pinchazos no tiene nada que ver con esto sino con la intimidad ¡Y ahí sí, yo tampoco me meto!
Dicen que cuando los pinchados salieron de notificarse del evento tecnológico, no se veían muy satisfechos que digamos, pese a sus amplias sonrisas y al impecable rostro angelical que mostraban.
De igual manera, cualquier buen periodista hubiera podido detectar detrás de todo aquello un leve temor, porque parece que todo lo que les mostraron no era todo lo que ellos esperaban ver y oír, y si no ¿por qué la corredera?
De lo que salió en televisión y de lo que dijeron que les pincharon ¡Nada me es sustancial ni interesante! ¡Pero ojo!, ¿por qué la duda? No será que están pensando que los temidos ases del póker tecnológico han quedado bajo la manga de otra Inteligencia Superior.
Esta preocupación se nota cuando enemigos probos de Ricardo Martinelli utilizan el fenómeno pinchazo como un medio para querellarle.Todos los abogados saben que la mejor defensa es el ataque, un enroque jurídico que tiene que ver más con la viveza y la habilidad que con la justicia y la ley, cualidades que con todo respeto, me parece no le adornan a don Ricardo, hoy en la mira de un ejército de todo tipo de opositores que están sobre un tablero de ajedrez empecinados en derribar al rey y a su torre de marfil.