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¿De qué paz me habla?, la verdadera es la que nos da Dios


Rómulo Emiliani, cmf. (opinion@epasa.com) / Monseñor

Si usted está hablando de la paz alienante del que se droga o emborracha para sentir media hora de quietud y así “controlar” sus ideas negativas obsesivas, esa paz es la que está enloqueciendo al mundo. Después de ese corto periodo de tranquilidad, vuelve la zozobra, la angustia y el desconcierto en la persona. Por otro lado, su cerebro y todo su organismo experimenta una merma de sus facultades. Llega un momento en que todo el ser del adicto entra en la fase de la “robotización” y actúa solo en función del hambre, sueño y otras necesidades fisiológicas. Usted los ha visto por las calles hablando solos, sucios y harapientos, comiendo como perritos en los basureros. Ya han perdido conciencia de su persona y dignidad.

Si usted me habla de la paz que se siente cuando uno sacia su sed de venganza calumniando o hasta matando al que lo agredió y que ahora se convierte en víctima, esa supuesta tranquilidad dura poco tiempo porque la conciencia, que en algún momento despierta, nadie la puede matar, le va a decir y recordar lo que ha hecho y no tendrá paz en el futuro. Nadie puede estar tranquilo si le hace un daño irreparable a otra persona.

Si usted se está refiriendo a la paz que da el lograr conseguir todas las cosas soñadas en la vida, dura muy poco, ya que uno siempre desea más y más, cayendo muchas veces en la avaricia. Nada de lo que tengo puede llenar mi alma hecha para Dios. Al tener y no compartir lo poseído, sino simplemente seguir amasando más fortuna, el ser humano que nació para la trascendencia y vivir en el amor no podrá nunca estar satisfecho.

La única paz que es verdadera, permanente, que abarca todo el ser es la que nos da Dios, nuestro Señor. Jesús nos dijo: “Les dejo la paz, les doy mi paz; no se la doy como la da el mundo. No se turbe su corazón ni se acobarde” (Juan 14, 27). En Él encontramos la paz a través de la oración cotidiana, la sincera meditación de la Palabra, participar de la eucaristía, el servicio a los demás: “Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo! Yo he vencido al mundo” (Juan 16,33).

Nuestro Dios es paz: “Que Él, el Dios de la paz, los santifique plenamente, y que todo su ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo” (I Tes 5,23). Es un Dios que transmite “…la sabiduría que viene de lo alto y que es en primer lugar, pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía. Frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la paz” (Santiago 3,17).

Y Él nos llamó a vivir en paz: “Por lo demás, hermanos, alégrense; sean perfectos; anímense; tengan un mismo sentir; vivan en paz, y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes” (2 Cor 13,11). Y nos manda a no angustiarnos por nada: “No se inquieten por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presenten a Dios sus peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias” (Filp 4,6).

Pero los que hacen el mal no pueden estar con Dios y por eso no pueden vivir en paz. “Los malos son como mar agitada cuando no puede calmarse, cuyas aguas lanzan cieno y lodo. No hay paz para los malvados, dice el Señor” (Isaías, 57, 20-21). No podrán vivir en paz los que matan, roban, calumnian, hacen sufrir a la gente de muchas maneras. Los explotadores y los promotores de las adicciones y demás lacras sociales no podrán gozar de la serenidad y tranquilidad de los discípulos del Señor.

Isaías (59, 7-8) dice de ellos: “Sus pies corren al mal y se apresuran a verter sangre inocente. Sus proyectos son inicuos, destrucción y quebranto en sus caminos. Camino de paz no reconocen, y derecho no hay en sus pasos. Tuercen sus caminos para provecho propio, ninguno de los que por ellos pasan conoce la paz”.

Pero aún ellos, los malos, pueden encontrar la paz si se arrodillan ante el Señor y piden perdón de sus pecados y de una manera u otra reparan el daño que causaron a los demás en su camino. Zaqueo, al convertirse, dio la mitad de sus bienes a los pobres y devolvió cuatro veces lo que había robado.

Nuestro Dios es compasivo, misericordioso, lento a la ira y rico en piedad. Dios nos perdona cualquier pecado, aún el más horrible, si nos arrepentimos y cambiamos. Y con Él somos invencibles. Amén.

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Viernes 14 de agosto de 2026