De subsidios y tendencias paternalistas
De acuerdo a la Real Academia de la Lengua, la palabra subsidio viene del vocablo en latín subsidium que significa “prestación pública asistencial de carácter económico y de duración determinada”, (el subrayada es mío).
En efecto, son medidas económicas de ayuda pública contraria a los impuestos que buscan estimular consumo o la producción de determinados bienes o servicios. Muchas veces actúan como barreras al libre comercio, protegiendo industrias nacientes o de interés particular nacional. Como tal, no son prácticas aceptables en el libre comercio mundial.
Nuestra política nacional está plena de “subsidios” de toda naturaleza. Existen subsidios para los ancianos asegurados y no asegurados: para los transportistas y para los usuarios del transporte; para los estudiantes, (becas universales y bolsas escolares), para la producción y consumo de energía, (gas, combustibles), etc.; sin contar los subsidios a la producción de determinados bienes del sector agrícola e industrial.
Me preocupa esta tendencia paternalista de regalos monetarios. Son distintas a los programas de ayuda monetaria condicionada que con éxito han implementado nuestros hermanos chilenos, brasileños y mexicanos como mecanismo de reducción de pobreza.
Primero, considerando que son regalos no condicionados de acceso generalizado, que por su naturaleza y destino crean dependencia. No se visualizan como una ayuda temporal. Se crea la expectativa de ser una ayuda permanente.
Segundo, no conozco el monto total anualizado combinado de estos programas. No lo he visto, pero eso no quiere decir que no haya sido publicado. Lo que sí creo es que el total combinado anual es alto. De donde surge otra de las facetas de mi preocupación que tiene que ver con que si el Gobierno ha efectuado un análisis actuarial del impacto futuro en nuestros bolsillos de contribuyentes con el crecimiento demográfico de las poblaciones acreedoras a estos regalos. Particularmente los estudiantes y, conociendo nuestra idiosincrasia, no me extrañaría si también la de los 70s seguirá creciendo positivamente en vez de lo contrario. ¿Alguien se ha preocupado de que vaya pasar en el futuro? ¿Si se podrán sostener los programas? ¿De qué pasaría si se convierten en económicamente no factibles?; o ¿quién cargara con ese muerto?
Tercero Los programas como están estructurados, crean conflictos sociales. Como no existe ninguna condición particular para recibir el regalo, todos los panameños nos sentimos acreedores a ellos. Por ejemplo, nada dice en la Ley de los 100 por 70 del rango económico de la persona merecedora del regalo, la Ley, hasta donde sé, solo establece dos requisitos, uno, la edad y dos, no estar asegurado; punto. El Gobierno, sin embargo, dice que es para las “personas de escasos recursos”, pero como se define objetivamente el criterio para establecer esta condición. ¿Quién es persona de escaso recursos? ¿Quién es rico? ¿Cómo se llega a estas calificaciones?
Algo similar surge con la “Beca Universal”. Si es “Universal” debe ser para todos, pero no, ahora se dice que es para los niños pobres, entendiéndose como pobres los que atienden las escuelas públicas, Me pregunto, y ¿los hijos de la cocinera?, que por esfuerzo sobrehumano de sus madres logran ingresarlos a las escuelas privadas, ¿no son también merecedores de la Beca Universal? Las tres facetas de mi preocupación ilustran los problemas cuándo se recurre a programas de carácter paternalista, sin aparente suficiente análisis y proyecciones de sus impactos futuros y sobre todo, no condicionarlos al cumplimiento de ciertos requisitos para merecer el acceso a ellos.
Se crean falsas expectativas de su permanencia. Su ausencia de condicionamiento crea conflictos por sentirse algunos de ser restringido a sus beneficios sin base legal para dicha restricción.
Conceptualmente, no me opongo a ayudas a las clases más pobres, todo lo contrario, lo que me oponga es a dádivas que crean dependencia y no estimulan el mejoramiento social.
Hay fórmulas para reducir la pobreza, mejorar el grado de escolaridad y el bienestar económico de las clases más necesitadas. Como Embajador de Panamá ante los Organismos de las Naciones Unidas en Roma, pude observar los logros de México y Brasil en sus programas de reducción de pobreza. Observé con admiración los logros del Brasil con su programa de Agricultura Familiar. Vi las ventajas de una buena planificación y convicción gubernamental. Estos programas buscan mejorar a personas o familias de bajos recursos y elevar su nivel de vida; una vez logrado ese objetivo, termina el subsidio. Sería interesante imitar esos ejemplos. Existe la necesidad. Contamos con la capacidad técnica para lograrlo. Aún no es tarde. Sería un esfuerzo duradero y más valioso que recurrir a medidas paternalistas de muy improbable futura permanencia.
