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¿De verdad existe una crisis de valores?

Por: Redacción 23/12/2013

Miguel Ángel Canales Flaaut (opinion@epasa.com) / Docente universitario

Es frecuente ver cómo gente de las que más habla de falta de ética, de crisis de valores, de la necesidad de que se conozcan los valores, de que se enseñen esos y demás temas relacionados, sean de los que más los transgredan y, aún así, sigan ofendiendo, quizás más que antes, sin ninguna vergüenza de lo que hacen, con saña, con sevicia y con deleite. A mi parecer es un mito de nunca acabar aquello de que existe una crisis de valores; que los valores se han perdido, que cada cual actúa como le da la gana, que se ha perdido el respeto a las personas y a las instituciones y cosas semejantes, y como consecuencia se deba responder de igual manera.

Lo que he logrado ver es que lo que ha desaparecido, se ha escondido por miedo a que la destrocen, es la inteligencia. Ya nadie quiere pensar inteligentemente y todos lo hacen emocionalmente. Ahora las reinas son las emociones, por eso han aparecido tantas teorías sobre la inteligencia emocional y muy pocas sobre la inteligencia social, aquella de interactuar pacíficamente en sociedad. Se ha escrito bastante sobre las inteligencias múltiples, empero es poca la atención que se les ha prestado. Lo que abunda, son cursos de inteligencia emocional. No son malos, sin embargo no son suficientes. Falta el complemento: la inteligencia racional.

Aplaudo los esfuerzos que hacen, por ejemplo: el Tribunal Electoral y la Iglesia católica, instituciones ambas con altos niveles de credibilidad, prestigio e incuestionable respeto, en el pueblo panameño, y otras organizaciones que transitan por la misma senda, en el sentido de inculcar en la mente de los ciudadanos el aprendizaje de los valores, preocupados todos por los niveles de violencia, agresividad, descalificación moral y hasta la eliminación de la vida, conducta que se observa en todos los estratos sociales, desde los de más bajo nivel social, hasta los de alto rango, incluso profesionales de cualquier disciplina, siendo los máximos transgresores los de la clase política, que firman pactos que luego incumplen. Se parecen a aquellas personas que se confiesan los domingos, con la esperanza de limpiar sus pecados, pero tan pronto salen de la iglesia van con una página en blanco a cometer los mismos pecados, porque son sabrosos, hasta la próxima confesión. No se les ve intención de enmienda. Esas actitudes para mí son hipócritas y chocantes. Sería inconsecuente con mi pensamiento si se me ocurriera criticar esos esfuerzos para enseñar valores si yo me he pasado media vida profesional facilitando las cátedras de Ética y de Pensamiento Crítico.

Mientras facilitaba esas cátedras observé que a los estudiantes les era muy cómodo aprenderse de memoria los valores que se les indicaban y repetirlos, con su jerarquía, como una melodiosa poesía infantil, pero a la hora de pensar se les venían todos los atavismos recibidos de las malas prácticas y malos ejemplos que se muestran en las aulas y en las calles, lo que les causaba dificultad para poder hilar lógicamente un pensamiento propio.

Llegué entonces a la conclusión de que lo que impide que los valores sean aplicados es que la gente no puede pensar que ellos sirven no únicamente para asombrar a los demás con el conocimiento enciclopédico de tantas doctrinas académicas, acartonadas y dogmáticas aprendidas, sino, además, para aplicarlos y elevar los niveles de convivencia ciudadana de calidad y seguridad, sobre todo a lo interno de las familias, de las iglesias, de los partidos y del país.

Otro mito que circula es que Panamá tiene que transformar su cultura de agresividad, pero sin decir cómo y esto me trae a la memoria la famosa frase de Marx: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, no obstante, pienso yo, que antes de transformarlo debe conocérsele y comprendérsele. Así que para transformar a Panamá debe conocérsele y también a los panameños. Pero ¿queremos cambiar de verdad? Esto solo se logra de manera individual y con voluntad. ¿Tenemos voluntad para hacerlo?

Como andragogo he aprendido que la teoría y la práctica van juntas, en complemento, como la noche y el día. De nada vale que un docente, o aquellos que se dedican a predicar los valores, los “dicten” tal como aparecen en los tratados si no acompañan con su ejemplo personal la aplicación de ellos.

¿Será difícil dejar de ser agresivo?

¿Será difícil convivir en paz?

Pienso que no, si quisiéramos.

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Lunes 10 de agosto de 2026