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Debatiéndose entre el odio y la razón

Por: Redacción 05/12/2016

Debemos partir de un principio básico que a lo largo de todas nuestras vidas tendemos a omitir: no es cómo lo hacen sentir a uno, sino cómo decide uno sentirse por su propia cuenta. Si fuéramos puramente racionales, y ante esa realidad patente, el agravio sería una mera decisión del individuo, sin sustento real alguno. Así como no está la fiebre en la manta, tampoco está la ofensa en quien ofende, sino en el ofendido que, al final, y por su propia mano, decide así su afectación.

Pero lo que para nosotros es una mera aspiración de la conducta; para quien ejerce un cargo público debería ser una norma. Nosotros podemos comprender que, como dice Eduardo Punset, para borrar la huella de una sola injuria se requieren cuanto menos cinco actos de desagravio. Pero aquel que de alguna forma ejerce el poder público no puede darse el lujo del agravio personal sentido y, mucho menos, responder como ofendido ante la ofensa; porque el poder así enmarcado legalmente solo se abusa cuando el sentimiento nubla la razón.

Sobre la realidad migratoria

Se especula que, hoy en día, más de una cuarta parte de nuestra población actual podría estar conformada por extranjeros. En nada debe objetarse una migración ordenada, deliberadamente concebida para enriquecer nuestra nación, con aportes de conocimiento, de capitales y, sobre todo, con una eventual asimilación completa a nuestras costumbres. Sin embargo, cuando estamos ante la presencia de imposiciones culturales, de la informalidad migratoria en la que se entra como turista para trabajar como obrero, cuando los precarios sistemas sanitarios de nuestra nación empobrecida deben cargar también con necesidades masivas que vienen importadas, estamos frente a una situación de urgencia nacional. Hemos sido, por excelencia, un país de tránsito para el comercio mundial, un puente obligatorio para quienes buscan otros destinos, y esa condición especial nos ha permitido mantener la integridad de nuestras costumbres; pero como nación no estamos listos para la migración masiva que se está gestando y que ya ha venido para quedarse.

Seamos solidarios, humanitarios, hermanos con los dolores sociales que sufren poblaciones enteras sometidas por regímenes dictatoriales, pero no permitamos que nuestra nación se convierta en destino de masas de población necesitada, cuando nuestros propios ciudadanos son a diario víctima de necesidades que no hemos podido resolver; exijamos, de una vez por todas, el respeto inflexible de nuestras costumbres que, hoy por hoy, peligran en desaparecer, en medio de una marea creciente que ya nunca ha de bajar.

Abogado

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Martes 21 de julio de 2026