Decesos
Por una razón u otra, aunque no está en nuestra agenda inmediata, nos encontramos asistiendo a exequias de personas conocidas, y en algunos casos, amigos o cercanos. A nadie le gusta pensar y hablad de la muerte.
Y la muerte es un hecho y al mismo tiempo sigue siendo un misterio. Todos queremos ser inmortales.
Y lo vamos a ser pero no a la manera que queremos. Dice la Escritura: "Statutum est hominibus semel mori" (Heb.9.27) Está establecido que los hombres morirán una sola vez.
Es tal impacto de ese golpe que hace desaparecer la vida que el hombre siempre se ha sentido subyugado por su misterio.
Se dice que el hombre empezó a filosofar sobre la vida ante el hecho ciego de la muerte.
Por un lado se presenta como una realidad natural e inevitable. Sin la muerte, nos dicen los biólogos, algunas bacterias serían capaces de inundar toda la tierra en pocas horas. Algunos mamíferos en pocos días.
Por otro lado, a la conciencia humana le resulta algo violento, catastrófico y antinatural. La muerte es constitutiva de nuestra condición humana. Alguien ha hecho notar que la propia muerte no nos concierne a nosotros sino a los demás, pues nosotros estaremos ausentes.
Lo que marca nuestra condición humana es la vivencia de sentirnos siempre ante el horizonte de la muerte que da a toda nuestra vida un carácter de trascendencia y de irrepetibilidad.
Vivimos siempre frente a un espacio de tiempo limitado y es eso lo que da a nuestras opciones y compromisos un carácter de urgencia y apremio, que jamás tendría si no tuviéramos ante un horizonte finito.
Como gran consuelo nos queda la esperanza en la resurrección. El cristiano es el hombre que cree contra toda verosimilitud humana, en la victoria de la vida (1 Cor.15,16). La forma de esa resurrección no es fácil de explicar, Pablo se limita a unos ejemplos como el de las semillas que renacen de la corrupción.
Ciertamente la resurrección que espera el cristiano no es la inmortalidad del alma.
La Biblia nos habla de resurrección, es decir de una vida del hombre en su totalidad sicosomática no solo del alma separada de la materia. La pervivencia del Espíritu del hombre tras la muerte parece que no puede atribuirse a una inmortalidad natural. Más bien habría que decir que esa pervivencia se debe a la presencia del Espíritu de Dios en el alma que es semilla de inmortalidad. El hombre no muere del todo, sino que pervive unido al Espíritu de Dios, fuente de vida y de inmortalidad.
