Del sentido de las cosas
Dice Ortega y Gasset en sus "Meditaciones del Quijote", que los humanos nos dividimos en dos castas: los que meditan y los que sienten. Ambos captan la realidad de formas distintas, los meditadores a través de su intelecto y los sensuales por medio de sus sentidos, pero todos con igual profundidad. Lo importante es que el objeto que observamos, intelectual o sensualmente, se enriquece más allá de su propia materialidad al hacerse parte de nuestras propias vivencias y circunstancias, pues así liberamos su potencialidad. Es eso lo que les da sentido y plenitud a las cosas, haciéndolas parte de nosotros mismos, para bien o para mal.
¿Qué cosas nos llaman la atención a los panameños? ¿Somos más sensuales que meditadores? ¿Qué importancia tiene todo esto para nuestro país?
Comencemos por el hecho de que los panameños somos una población mestiza, cultural y, genéticamente, concentrada mayoritariamente en ambos extremos del Canal, sin excluir por eso a los demás pobladores de diversos orígenes que conforman nuestra República.
Pero, a pesar de ser sujetos activos de la historia ?los pueblos originarios por miles de años, los mestizos y otros por más de 500 años? seguimos poco ligados a ella, más allá de sentirla y verla como el mundo real que nos rodea.
No digo que somos incapaces de fijar nuestra mirada en esa realidad primaria para formar la pluralidad de ideas y creencias que articulan nuestra panameñidad, sino que, al hacerlo, le damos un sentido deficiente a conceptos clave como patriotismo, democracia, libertad, civismo, responsabilidad, derechos, política, Estado, paternalismo, educación, corrupción y un largo etcétera.
Como pueblo mestizo, feliz con nuestra ignorancia histórica, sin muchas dudas y con poco afán por conocer las cosas, no les damos importancia a las que creemos nuestras, al punto de que no nos preocupamos por conocerlas más a fondo.
Por ejemplo, al patriotismo que nos une le damos facultades confusas que ligamos a ciertas fechas y lugares de la historia, sin poder liberar su potencialidad ni tener una idea clara de lo que significa.
Si bien ese patriotismo justifica, afirma y define nuestra nacionalidad, al vaciar su forma de un verdadero contenido humano y hacerla huérfana de nuestro propio ser, la dejamos sin sentido y negamos su función intelectiva.
Es preciso entonces, si queremos elevar ese concepto al sitial que se merece, ungirlo de amor, pues solo el amor nos liga a las cosas y las hace imprescindible.
La personalidad cultural de un pueblo como expresión de nacionalidad solo surge como un deber cuando este se enamora de sí mismo, sin sentido de inferioridad ni servilismo, pues en eso consiste el patriotismo verdadero.
Todas las demás cosas ?democracia, libertad, civismo, responsabilidad, etc., ?adquieren, como objetos inánimes, calidad humana cuando como ciudadanos las incorporamos a nuestra panameñidad.
Esto requiere esfuerzo no solo por la complejidad de los sentimientos humanos, sino por lo difícil de comunicarlo a otros, desde nuestros mundos interiores.
Solo así podremos hacer una república con una profunda dimensión nacional.