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Del sueño a la realidad en Brasil


Guillermo A. Ruiz Q. / Analista Internacional (opinion@epasa.com) / -

Para los panameños, Brasil es la tierra por descubrir. Con este país, salvo por las obras de construcción y uno que otro producto, realizamos muy pocas transacciones comerciales. Quizás la barrera del idioma pesa tanto que los inversionistas locales temen intentar los contactos adecuados. Eso va a cambiar pronto. Panamá, gracias a nuestra principal aerolínea, se ha convertido en un centro de trasbordo desde diferentes sitios de Latinoamérica hacia Brasil. Lo mismo sucederá con el comercio a través del Canal de Panamá. La posibilidad de explotación de uno de los yacimientos de petróleo más grandes del mundo hace presagiar un gran futuro para esta relación entre el comercio marítimo de este gigante con nuestro Canal ampliado. Por esto, la suerte de ese país nos debe comenzar a interesar.

Hay un dato que hará la gestión del expresidente Luiz Inácio Lula Da Silva como una de las más exitosas de ese país: la clase media aumentó en sus 8 años de gobierno un 38%. Y no fue que los ricos dejaron de serlo. En Brasil hay menos pobres.

Sao Paulo es la capital latinoamericana para hacer negocios por excelencia fuera de los Estados Unidos. Es como Nueva York, pero en el tercer mundo. Río de Janeiro es uno de los centros turísticos mundiales más importantes. Todos son datos positivos.

Hay que entender algo. El muy socialista Lula no implantó un programa de corte populista-demagogo como en muchos países de nuestro continente. Sin mucha bulla, el equipo económico de ese Gobierno le dio continuidad y profundizó el libreto, en materia económica, dejado por su antecesor Fernando Henrique Cardoso, de tendencia liberal.

Así, la combinación de un modelo conservador, en lo económico, y socialdemócrata, en lo social, más unas relaciones internacionales en las que no se excluyó a ningún posible aliado, dieron como resultado una gestión que le permitió a la actual presidenta, Dilma Rousseff, también miembro del Partido de los Trabajadores de Lula, llegar a la primera magistratura.

Curiosamente esta economista, exguerrillera y de origen pudiente, ha resultado ser una feroz neoconservadora en todos los aspectos de su gobierno, lo que ha provocado un retroceso en la mayoría de las conquistas sociales logradas con el gobierno de Lula.

Los gobernantes y políticos deben entender que más allá de las propias ideologías, la batalla contra la pobreza transita por tomar lo mejor de los mejores modelos de creación de políticas públicas. La enorme corrupción durante el gobierno de Lula, que provocó la caída de hasta 8 exministros del mencionado Partido de los Trabajadores en imputaciones por parte de la justicia, muestra que no todo era color de rosas.

Rousseff se ha caracterizado por los excesos. Su visita al papa Francisco generó gran polémica, al utilizar varios pisos de uno de los hoteles más opulentos de Roma y viajar con una comitiva muy numerosa. Hace poco presionó a su bancada legislativa para que eligiera como presidente de la Comisión de Derechos Humanos al pastor evangélico Marco Feliciano, diputado del Partido Social Cristiano, aliado de Rousseff, quien, entre otras bellezas, ha declarado que “los gays despiertan el odio y el crimen” y los “africanos son personas malditas”.

En los últimos meses, se ha podido observar un decrecimiento de la economía de Brasil. Incluso con las obras (todas atrasadas) que se construyen, con miras a la final del Campeonato del Mundo de fútbol de 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016, los ciudadanos sienten que no les está llegando ningún beneficio. Al contrario, existe la percepción de que, por culpa de las mismas, se ha descuidado a las comunidades más necesitadas. Y en este último tema ya no solo se le endilga al Gobierno federal. También los gobernadores y alcaldes (intendentes), no necesariamente del partido gobernante, están siendo acusados de desidia en su gestión.

El anuncio del aumento del pasaje en los autobuses ha provocado en las calles de Brasil protestas generalizadas que no se veían desde la caída del presidente Fernando Collor de Mello en 1992. Algunos observadores locales van más allá y opinan que el descontento social solo es comparable a lo sucedido en las postrimerías de la dictadura militar.

Ni la Copa Confederaciones ni la próxima visita del papa Francisco han logrado calmar el exacerbado ánimo de los manifestantes brasileños. Y aunque el detonante parece algo que se pudo manejar mejor, evidentemente solo fue la gota que derramó el vaso de la paciencia popular.

Parece que acabó el sueño. Ahora Brasil despierta a la dura realidad.

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Viernes 14 de agosto de 2026