default

Delincuencia penal y delincuencia política

Por: Redacción 12/05/2017

No se puede, de ninguna manera, engañar a un pueblo. Su sabiduría, la mal llamada popular, emerge de las mismas precariedades y necesidades de nuestra gente. De tanto pensar y pensar en el hambre, las angustias, en las pesadillas y sueños no satisfechos, la gente aprende a analizar y desarrollar un sentido que está por encima del sexto, del séptimo y del octavo. Se trata del noveno sentido: tres pasos para adelante y tres pasos para atrás, multiplicados estos dan como resultado el número nueve. Nueve es el número de la angustia, porque nunca se avanza ni nunca se detiene. Los gobiernos han venido engañando, de modo delictivo, a nuestro pueblo. Llevan quinquenios diciendo que resolverán los problemas del agua, del desempleo, del transporte, de la educación, de la vivienda, etc., y no vemos que aún esa barca llegue a puerto alguno. Por el contrario, de esos mismos problemas, han nacido los escándalos en los gobiernos. Que si tantos millones para esto o tantos para lo otro, pero al final de cuentas, el resultado siempre es el mismo: coimas, corrupción, frustraciones, obras inacabadas, proyectos sobrevalorados y en sobrecostos incalculables. Y siempre, como hemos venido siendo testigos de la frustración popular, la excusa que alegan es que la culpa es del anterior gobierno.

Echarle la culpa a gobiernos del pasado es el argumento de la mediocridad y de la impotencia, la incapacidad y la mojigatería. Cada gobierno debe ser lo suficientemente maduro y capaz como para asumir la responsabilidad de lo que diga o no diga, de lo que haga o no haga, de lo que haya hecho o deje de hacer. Soy un hombre, profesional, que dentro de unos años más, me encontraré en sede de los 60, y por más de ocho quinquenios, y un tanto más, las consignas de campañas electorales, siempre han sido y siguen siendo las mismas: que resolverán el problema del agua, que vivienda digna para los panameños, que si el transporte público colectivo de pasajeros se habrá de mejorar, que las escuelas y la educación serán atendidas con carácter de prioridad, que el Canal de Panamá tendrá réditos para el país más efectivos y concretos, que la inseguridad ciudadana acabará, que acabará el desorden en el país y que habrá paz ciudadana, que los campesinos y agricultores recibirán el apoyo del Estado –pero acabamos de entregar cientos y miles de hectáreas a una supuesta transnacional que dice ser Del Monte; que la seguridad alimentaria de los panameños –bueno ahora de venezolanos y colombianos también, sin dejar de mencionar dominicanos, nicas, y otras nacionalidades en fin- será garantizada; que los problemas migratorios y fronterizos serán resueltos, etc., etc., y más etcétera. Y el pueblo de tumbo en tumbo: no ve aproximarse siquiera el día de su redención.

Panamá no es país abonado para el desastre, pero lo cierto es que ya estamos cansados de los mentirosos políticos que le roban al pueblo y que luego aparecen tras haber amasado fortunas hechas o generadas desde el poder. Sin duda alguna que el poder político se ha convertido, hoy por hoy, en la máxima fuente de generación de fortunas y riquezas de particulares y quienes una vez han ejercido el poder se retiran, jóvenes aún y en capacidad de trabajo, a usufructuar, con viajes y placeres de todo tipo, el dinero robado al pueblo con la carátula de contrataciones o de licitaciones públicas y en donde la complicidad resultó ser aliada de los delincuentes de cuello blanco, los de siempre, los de saco y corbata, tanto de la empresa privada como del Gobierno.

Es hora de despertar. Cierto que en otras latitudes se habla bien del país, a propósito del abogado que en Costa Rica escribió sobre "Los increíbles panameños", admiran nuestro progreso, pero lo que deben saber los de afuera que este es el Panamá de las dos caras: una cara pequeña de alta prosperidad y bonanza, otra muy grande de tristezas, pobrezas muchas, hambres y enfermedades, carencias por doquier.

Abogado

Edición Impresa

Miércoles 15 de julio de 2026