Delito: soborno alrededor de la prescripción médica
Hace poco tiempo el prestigioso diario estadounidense Washington Post presentó una nota titulada: “Pfizer acuerda pagar 70 millones de dólares para resolver un caso de soborno en el extranjero”, en la que narra cómo se comprobaron diferentes casos del delito en diversos países como Bulgaria, Croacia, Rusia y de países de Europa del Este.
Presentó el periódico diversas formas, mediante las cuales lograron prescripciones sistemáticas de los fármacos que producen, entre las cuales menciona inscripciones a eventos internacionales de los médicos a cuenta del laboratorio, regalos que podían ser desde libros médicos hasta teléfonos celulares, todo a cambio del compromiso de un mínimo de prescripciones por mes; inclusive diseñaron un mecanismo de puntos como los de las tarjetas de créditos, canjeables por diversos bienes.
No es el primer caso en el mundo donde estas prácticas son sancionadas en el ámbito legal, hay que recordar el caso en España (hace años) en que un juez sentenció con pena corporal a un grupo de médicos, que aceptaron viajes sufragados por un laboratorio a cambio de prescripciones. Por supuesto el papel legítimo de la industria farmacéutica de pretender utilidades con la venta de fármacos es por completo aceptable, lo que bordea los limites de la legitimidad son las prácticas comerciales en ocasiones disfrazadas de eventos académicos o de actualización. Este pago noble en principio, contiene el riesgo de transmutarse hacia intereses mezquinos, comprando la voluntad y la conciencia del médico. En ese muy estrecho limite que se desvanece fácilmente entre la ponderación objetiva del riesgo – beneficio de un tratamiento conocido, comparado con el nuevo fármaco que se nos ofrece del que subrayan sus bondades y soslayan los riesgos se ubican el problema, agudizado además por los elevados costos que representa un nuevo fármaco.
En el panorama ideal, donde el medico hace una evaluación centrada sin dejarse influir por la publicidad, frente a un paciente con seguridad económica que le permita acceder a los tratamientos más caros, no existiría el problema, pero por desgracia ocurre lo opuesto, es decir, hay médicos que en el ámbito de la medicina publica en este caso refiriéndonos a Latinoamérica y a Panamá, caracterizado por presupuestos limitados, tanto de las instituciones gubernamentales de salud y los pacientes que acuden a consulta, terminan prescribiendo el medicamento más moderno, caro y cuya seguridad no se conoce con precisión debido a las recompensas otorgadas por la industria que las promociona.En el peor escenario, necesitamos y nos urgen reglas del juego justas, mecanismos que favorezcan el desarrollo en Latinoamérica y en especial Panamá que prohíban estas prácticas que pueden afectarnos y como flagelo mundial y nuestra posición de tránsito puede estar ya comenzando a aparecer.
Debo mencionar una iniciativa latinoamericana, ubicada en Chili, de un grupo que se llama Médicos Sin Marca cuyo objetivo central es tomar distancia del marketing de las empresas, favoreciendo un ejercicio ético y sin la corrupción descrita. Esperemos que este mal no llegue a darnos dolores de cabezas después. Salud a todos.
Profesor y Consultor Independiente.