Democracia como centralidad
Es la democracia la que está en el tapete. Hoy prevalecen expresiones de debilidad en la afirmación de los valores necesarios para la existencia de la democracia y, frente a ello, una inexistente o reducida importancia en la agenda pública de la discusión sobre valores democráticos (tolerancia, pluriculturalidad, respeto a las minorías, individuo y persona, estado de derecho, derechos civiles, políticos, socioeconómicos, culturales y sus garantías). Impera una democracia insuficiente caracterizada por un progresivo ejercicio autoritario del poder, limitaciones de acceso a la justicia y a la participación política de grandes sectores de la población, al mismo tiempo que una creciente inquietud en la distribución de la riqueza y desigualdad de oportunidades para el ejercicio de derechos económicos, sociales y culturales. Estos fenómenos son signos de un problema mayor de exclusión económica, política y social.
Colocando a la democracia como centralidad, no puede soslayarse la realidad de que la sociedad expresa la existencia de una ciudadanía relegada al papel de consumidora, o con una participación limitada, o simplemente excluida del desarrollo socio-económico, muchas veces sólo sobreviviendo en las ranuras de un crecimiento económico que parece ser exclusivo de una franja de la sociedad. Por ello el desarrollo debe vincularse a lo democrático a través de importantes factores como:
El impulso y apoyo de propuestas nacionales que aporten equidad al crecimiento económico, participación activa a la democracia y sostenibilidad ambiental al desarrollo. La colaboración en el esfuerzo de organización, participación y gestión ciudadana, pero en especial la de los sectores marginados y excluidos en favor de la mejora de su calidad de vida, colaborando en la construcción de sujetos sociales con capacidad de construir participativamente su destino. La incorporación de los enfoques de género, edad, etnia, ambiente y desarrollo local como facetas que deben interactuar y enriquecer integralmente el desarrollo. El apoyo a la gestación de una moderna ciudadanía dotada de una cultura política democrática, de responsabilidad ciudadana y de capacidad de acción para transformar positivamente la realidad.
Un elemento esencial es la afirmación de que las necesidades no son sólo carencias, sino potencialidades individuales y colectivas, lo que permite transformar la visión del desarrollo en un proceso que debe estar centrado en la gente, en las formas de relacionar sus necesidades con sus prácticas sociales, sus formas organizativas, valores y alternativas globales. Si las necesidades se visualizan sólo como carencias, corremos el riesgo de adscribirnos a una lógica asistencial y eventualmente paralizante que olvida el necesario enfoque sinérgico y sistémico que busca reemplazar el círculo vicioso de la pobreza por el círculo virtuoso del desarrollo integral.
El desarrollo social y económico necesita sintonizarse con los procesos de democratización participativa y del diseño de métodos incluyentes de carácter político para contrarrestar las exclusiones socio-económicas. La ciudadanía de alta densidad supone la capacidad de conjugar la ciudadanía política con la ciudadanía socio-económica, y esta articulación representa un desafío para todos y todas.
Necesitamos una educación que fortalezca la capacidad de la gente de intervenir en la gestión de su propio desarrollo por lo que deben propiciarse la creación de ambientes educativos en los espacios de la cotidianidad, estimulando la construcción y el diálogo de saberes, redefiniendo los procesos educativos en función de una visión diferente del conocimiento y de la participación de la gente en su extensión, producción, aplicación y apropiación. (raulleisr@hotmail.com)
