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Democracia: Una república que arrastra la corrupción


Silvio Guerra Morales (opinion@epasa.com) / Abogado

Se dice que en los Estados Unidos de América, los miembros de la Policía, son muy bien pagados. Que uno de los principales fines perseguidos con los jugosos salarios es para que, precisamente, no caigan en las trampas tendidas por la chicana, la corrupción o las prebendas. Obviamente, que habrá quienes, que con buenos o malos salarios, simple y sencillamente, les gusta morder la manzana de la corrupción. Como efectivamente se han dado casos. Otros que, desbordando el respeto por los derechos humanos, las garantías y libertades que consagra la Constitución de esa nación, han sido autores de brutalidad policiaca, crímenes que han concluido con muertes de inocentes, comportamientos soberbios que llegan a las fronteras de lo absoluto y la prepotencia, en fin.

Hay muchas quejas. Muchas quejas en contra de jueces y funcionarios venales, corruptos, en nuestro medio. La chicana y la coima, el juega- vivo, el sobre bajo la mesa han devenido a ser cosas casi ya aceptadas en el trato entre las personas. Todo mundo se queja. Sin embargo, nadie hace o dice nada en contra de ello o en muestra palpable de frenar o acabar con la corrupción. Tristeza, pero en ocasiones, sin quererlo, no haciendo nada, caemos en la complicidad silenciosa, la peor de todas, y con nuestra indiferencia la patrocinamos.

No puede ser cierto que, en este medio, el dinero pueda resolverlo todo. He escuchado, con tristeza, a potentados empresarios que han expresado: “En este país, usted sabe, todo se consigue con dinero”. Como abogado, litigante, como profesional que creo en el Derecho, como ciudadano que creo en un sistema de libertades, no me hago a la idea de que en este terruño nuestro “todo se resuelva con dinero”.

Pienso, inmediatamente, en las grandes mayorías marginadas que concurren, no pocos de ellos, a los tribunales en búsqueda de una decisión judicial que les devuelva la paz y restablezca el derecho particular violado. Surge en mí la preocupación inmediata: “¿Y cómo resolverán los pobres, sin plata, sin medios económicos, sus problemas jurídicos, ya que no tienen cómo acceder al pedido de jueces corruptos, de fiscales mercantilistas, de funcionarios que bajo el argumento de que “el juez, el jefe o el fiscal quiere tanto”, se hacen de mucho dinero y de bienes costosos?

No puede, insisto, ser cierto, que la subcultura, la odiosa subcultura del juegavivo se imponga en nuestra forma de ser y de actuar. No podemos tolerar ni patrocinar la corrupción. La corrupción es adulteración de todo: de normas, de reglas, de principios de vida, de moral, de ética, en fin. La corrupción entraña impureza, maldad, perfidia, es obra del mal. Ningún dinero malhabido dura mucho tiempo en las manos del corrupto.

La corrupción siempre demanda la participación de dos partes: el carácter dual de la corrupción lleva ínsita la idea de que siempre hay un beneficio recíproco. El que entrega el dinero, el bien, el valor crematístico para que le resuelvan o hagan algo en su favor y el que para hacerlo recibe ese dinero o valor.

También puede entrañar la corrupción, aunque no medie el dinero o el valor, que el beneficiado con favores desenvuelva determinados comportamientos o conductas, adopte ciertas acciones: no hables, no critiques, no digas, no censures, no opines, en fin. En política se hace mucho uso de este instrumento, el uso del miedo, de la persecución, como variable clara, de la corrupción. Bien podría denominarse como “la extorsión política”.

Tristemente, duele decirlo, pero las democracias latinoamericanas, aún trasnochadas de verdaderos instrumentos de transparencia y claridad, mismos que deben ser aplicados y traducidos, sola y tan solamente por los tribunales de justicia, que deben ser rigurosos e implacables contra la corrupción, suelen casarse o matrimoniarse cierres de casos o entendimientos políticos, y con tales acuerdos, se cierra toda posibilidad de destruir la corrupción, al menos en los casos concretos que se conocen a nivel de las instancias judiciales.

Tal vez, habría que pensar si a los jueces y a los fiscales se les incrementan los salarios. Buenos salarios. Para que de este modo no sucumban, victimizados, ante las propuestas de la coima, la mordida, la añagaza o la artería. No es posible, pienso, que aún en la administración pública existan salarios de miseria que se han convertido en un argumento por parte de quien los cobra para alegar “y qué creen que con lo que gano puedo vivir?”. Claro está, ante tal propuesta, a título de debate, habría que endurecer las políticas de lucha contra la corrupción, en todos los niveles y estadios.

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Viernes 14 de agosto de 2026