Derecho sin moral: un derecho pervertido
Saben los juristas de corte intelectual que Hans Kelsen, padre del puritanismo normativo o del positivismo jurídico por excelencia, al analizar los tres principios pilares en que los romanos basaban su comportamiento jurídico: no hacer daño a nadie –alterum non laedere-; dar a cada uno lo suyo –suum cuique tribuere- , y el vivir honestamente –honeste vivere, advertía que éste último nada o ninguna relación tenía con el Derecho. Algo así como señalar que la moral y la vida honesta o deshonesta de los hombres no es problema que interese al Derecho.
Es en el argentino Carlos Cossio, autor de la Teoría Ergológica del Derecho, en quien el tramo o el plexo conductual adquiere una singular importancia y por ello también James Goldschmidt hace trascender la idea del plexo valorativo o axiológico como fundamental en la estructuración de la norma jurídica. ¿Quién tiene la razón?
Creo que el reino del positivismo viene decayendo desde hace varias décadas. La realidad ha puesto de relieve que el Derecho, que encuentra su expresión en la norma jurídica, no puede divorciarse o aislarse de los máximos principios de la moral y de la ética. Divorciar Derecho y Moral es una tarea de trágicas consecuencias para la humanidad. Se deshumaniza el Derecho, se pervierte la lógica funcional que predica al ser humano, al hombre, como sujeto y destinatario del Derecho. Fue Emmanuel Kant quien sembró la tajante división entre el Derecho y la Moral, destacando los territorios en que reinaba cada uno.
No perdió oportunidad Kelsen para acentuar la idea y una de las primeras cosas, que desde luego, habría que revisar en las clases introductorias en las Facultades de Derecho, es eso de enseñarle a los alumnos del primer año, sin mayor señalamiento, que: “El Derecho es objetivo, la moral subjetiva; el Derecho es externo, la moral interna; el Derecho es heterónomo, la moral autónoma; el Derecho es bilateral, la moral unilateral”. Desde la perspectiva formal, puede que, efectivamente sea así; sin embargo, pretender sembrar en la psiquis de la gente que no hay matrimonio alguno entre el Derecho y la Moral me parece una inconsecuencia que violenta la misma lógica material de las cosas en el mundo jurídico. Por ello, señalo, que nuestros jueces, fiscales, abogados, diputados, sobre todo éstos últimos por hacer las leyes de la nación, no pueden, no podemos, divorciar el reino de la moral, de la honestidad, al momento en que se crea el Derecho –tarea de los diputados-, al momento en que se aplica e interpreta – tarea de los fiscales, jueces y magistrados- y, finalmente, al momento en que se ejecuta.
Un Derecho influenciado por la moral –como cuestión valorativa- propendería a ser más consecuente y más justo, más identificado con su exclusivo sujeto y único destinatario: el ser humano. Dejaría de ser tan reseco, tan tétrico y tan perverso. Queda abierto el debate.
