Desafío político: realidad de la nación panameña
Fue publicada la noticia de mi postulación a la candidatura presidencial en la elección primaria del Partido Cambio Democrático (CD) que debe efectuarse en mayo de 2013, para definir quién será su abanderado en la elección general del 2014. Lejos está de mi utilizar este espacio de opinión para hacer proselitismo, entiéndase dar una explicación sobre quién soy o qué pretendo, o de si llegase a convertirme en Presidente por la voluntad de Dios y el voto mayoritario de los electores; aunque creo que la ocasión es propicia para que reflexionemos, a manera de un inventario-avalúo, sobre la condición real de la nación panameña y qué se puede mejorar para que se garantice la continuidad y estabilidad del país.
Lo cierto es, que sin ánimo de ser experto analista ni vidente, hay que reconocer que el mundo está inmerso en una serie de retos y transformaciones inevitables, muchos de los cuales ya están con y entre nosotros; como por ejemplo la globalización, de los cuales nuestra patria no se puede ni se podrá librar, indistintamente de si conviene o no.
Las características actuales de Panamá en lo económico, político y social no surgen por un acto de magia, sino mas bien como parte de un proceso en el que convergen muchos factores no solamente naturales sino también humanos, porque son los habitantes del istmo panameño los que definen estas características; por medio de sus cosmovisiones, intereses, anhelos y demás circunstancias, desde épocas inmemoriales, pasando por la colonia española, la unión colombiana y la era republicana, a lo que también hay que agregarle que hay quienes tienen o han ejercido influencia en nuestra sociedad, pero sin pertenecer culturalmente a ella.
Desde el punto de vista del derecho y las ciencias políticas, al menos así lo entiendo, lo que hace concordancia con otras ciencias sociales y del comportamiento humano, no existe aquello de buenos (mejores) o malos (peores) gobiernos, sino mas bien de circunstancias interconectadas o concurrentes entre si mismas, como causa y/o efecto, que degeneran en grandes cambios sociales, en
un sentido objetivo o subjetivo, o simplemente reflejando atrasos o crisis en la identificación, tanto de necesidades humanas más apremiantes como de la solución de los problemas que se susciten.
No cabe duda que hay diferencias de enfoques, estilos o tendencias para entender o viabilizar cuál es o debe ser la mejor forma de administrar “la cosa pública”, que es cuando se forma una clase de conflictos y discordias; porque en vez de buscar acuerdos nacionales, procurar la paz y promover los valores, se dedican a medir fuerzas o hacer gala, consciente e inconscientemente, de sus personalidades, hormonas, delirios y ansias de figuración; sin importar el daño que ocasionen, al peor o mejor estilo de las competencias deportivas o concursos de simpatías, como si lo más importante fuese el culto a la imagen de quien se cree mejor o superior y no la búsqueda del bien común.
Este bien común, dada las grandes variables o diferencias individuales y sociales existentes, requieren un sistema que lo reconozca y establezca las reglas esenciales mínimas para su satisfacción, al que todos llaman Estado de Derecho, es decir, se trata del “non plus ultra” social, que sería una trastada desconocerlo o suplantarlo, máxime por causa de caprichos, porque es el cúmulo de los más altos ideales humanos y resultado de un acuerdo social.
No me cabe en la mente y, por ende, me resisto a aceptar, que la democracia sea solamente un asunto de torneos electorales, clientelismo político, cuotas de poder e intereses creados, ya que la esencia de este sistema es “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.
¿Cómo es posible seguir pasando por alto que entre los más grandes problemas de la sociedad panameña está la existencia de un Estado de Derecho que descansa sobre las arenas movedizas de la inestabilidad, el anacronismo y la antidemocracia por la razón de contar con un ordenamiento constitucional que no es el resultado del consenso y sosiego nacionales, así como también la falta de valores y la falta de un cambio de actitud?
Si me preguntaran ¿para qué quiero ser Presidente?, mi respuesta sería: “Reformar el diseño administrativo de la Nación en aras de la optimización de la democracia y el desarrollo integral”.