Desafío ruso
La acelerada anexión de Crimea por la Federación rusa despeja dudas sobre la política exterior del gobierno de Vladímir Putin. Como medida preliminar, el referéndum aprobó la separación de Crimea de Ucrania en una decisión de la que se excluyeron los ciudadanos oriundos de Ucrania y minorías étnicas como la de los tártaros.
Confirmando el nuevo estatus de Crimea, el Gobierno ruso aprobó un documento por el cual reconoce a la república soberana de Crimea. La estrategia rusa podría ser continuada con la secesión del territorio del sur de Ucrania, y luego con la absorción total con la presión desde esa zona para reinstalar gobernantes ucranianos afines al proyecto eslavo imperialista.
Desde el monarca Pedro el Grande y los últimos zares, como Alejandro I y Nicolás I, el expansionismo territorial ruso es pieza medular de la mentalidad eslava. El régimen bolchevique comunista no solo conservó el control estratégico de los territorios vecinos, sino que, después de los acuerdos de la Segunda Guerra Mundial, se propagó a Polonia, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, Rumania y el sector oriental de Alemania.
Por estos antecedentes que unifican a zares y comunistas en la política de proyección geopolítica, hay analistas que conceptúan la anexión de Crimea como el reinicio de la mentalidad expansionista eslava en los actuales planes gubernamentales de la Federación rusa.
Los dirigentes de la Unión Europea tienen interpretaciones diferentes de la anexión de Crimea. Alemania está interesada en el mantenimiento del abastecimiento del petróleo y el gas de yacimientos rusos transportado a través de Ucrania y Crimea. Estados Unidos considera que la congelación de cuentas bancarias de origen ruso debe ser el principio de una nueva política de aislamiento de la Federación rusa de las instituciones de cooperación económica.
Mientras las potencias occidentales divagan si las negociaciones diplomáticas o el aislamiento económico constituyen las fórmulas adecuadas para enfrentar el recrudecimiento del expansionismo ruso, Putin cree que Rusia dejó de ser la potencia que Gorbachov desflecó con la creación de nuevas repúblicas independientes.
Entre amenazas y advertencias, se está diseñando un nuevo escenario de relaciones internacionales, que podría modificar el statu quo de la Segunda Guerra Mundial.
Astuto en las negociaciones diplomáticas, audaz en la anexión de los vecinos estratégicos, Putin muestra rasgos distintos a la noción que perfilaron los Gobiernos occidentales. Mantener a raya el expansionismo de la estrategia rusa propicia la reevaluación de los escenarios internacionales.
Winston Churchill expuso en las conferencias de la posguerra los riesgos de pactar con un aliado transitorio como Stalin, que hablaba del mantenimiento de la paz europea y por lo bajo maniobraba para controlar los países de Europa Oriental. Roosevelt, por lo contrario, fue crédulo a las posiciones soviéticas sin captar claramente la ambivalencia del discurso estalinista.
Tal parece que la historia pudiera reproducir el panorama de las relaciones de posguerra. Cambiaron los nombres de los protagonistas, pero resurge el expansionismo para recuperar lo que en el pasado llegó a pertenecerles.