Desarrollo urbano: La ciudad, motor de cambio lingüístico
Textos y discursos emplean entre el lenguaje y el cuerpo humano analogías con relación a la ciudad. En esto intervienen áreas lingüísticas como la sociolingüística, la ecolingüística y la disponibilidad y variación léxicas; la filosofía del lenguaje; y los enfoques neurológicos. Es comprender cómo relacionamos la ciudad y el lenguaje o el lenguaje y la ciudad. Lo conceptual frente a lo operacional, lo funcional.
Así, la lengua es producto de sus hablantes, que trabajan, se relacionan y se comunican en contextos circunstanciales y con referentes: permanece viva. Puede haber muchas interpretaciones del espacio urbano; pero hay una (la visión fisiológica de la ciudad, considerada organismo vivo por cuanto sus habitantes la hacen ser viva) que retraeremos.
Esto no es nuevo, llamar corazón al centro de la ciudad, pulmón al espacio verde que la bloquea y protege, cerebro al lugar en donde se producen las ideas al servicio del país o arterias a las calles más transitadas es recurrente en la literatura, sobre todo en los escritores naturalistas (caso de “El vientre de París”, de Émile Zola, que incluso produce desechos). Estos son los órganos, señores, que la ciudad necesita para su correcto funcionamiento… Incluso los urbanistas emplean este vocabulario. Bueno, cuando se trata de la espina dorsal o el centro neurálgico. Malo, cuando es zona cancerosa, que puede llegar a ser lepra en los suburbios (Le Corbusier, arquitecto francés de origen suizo). Ahora, si bien las formas son eufemísticas, aportan una riqueza significativa al lenguaje, a la forma de hablar.
La literatura encuentra en las metáforas organicistas un foco: que si brazos tendidos en dirección a los confines de la ciudad; que si el metro comparado con los intestinos férreos que atraviesan el alma de la metrópoli; o, más femenino, que si las estaciones subterráneas son inmensos úteros latientes. A pesar de la pérdida afectiva del valor funcional de la ciudad en esta era (la ciudad genérica, el espacio basura o el no-lugar), esta sigue siendo generadora de comparaciones: el aeropuerto con el interior del organismo humano o pasillos semejantes a tuberías interiores del organismo humano.
Por eso, la ciudad es entendida como el escenario donde se desarrollan varios fenómenos lingüísticos: como ecosistema (ecosistema urbano), como mosaico y como motor de cambio lingüístico. La ciudad es, para los lingüistas, un campo de estudio rico y difícil de agotar, especialmente para la sociolingüística.
En el primer caso, debemos considerar que, si tomamos la ciudad como ecosistema, interesa conocer la interacción interlingüística (es decir, cómo se comportan diferentes lenguas en un mismo entorno). El espanglish, modalidad del habla en la que se mezclan, deformándolos, elementos léxicos y gramaticales del español y el inglés, es la más extendida por nuestros lares.
Luego, la ciudad como mosaico presenta la urbe desde las variaciones diastráticas (estratos sociales). En la ciudad conviven distintas clases sociales, cada una con formas diferentes de habla, los llamados idiolectos. En la misma ciudad podemos encontrar bastante, mucho, buco, rantan o pocotón, y hay los más osados que dirán buco-rantan-pocotón: Oye, mami, tienes… (forma acostumbrada en el gueto).
Finalmente, queda la ciudad, motor de cambio lingüístico, como foco de innovación de la lengua. Recordemos, primero, a la lengua como operaria de estatus. Así, quienes viven en la ciudad creen hablar mejor que quienes viven en el campo; y mientras estos últimos relacionarán la ciudad con McDonald’s y edificios, los primeros vincularán el campo con potreros y bosques. En esto, los medios de comunicación tienen una marcada influencia. Otro factor determinante es la migración, aun cuando las ciudades buscan preservar su identidad lingüística.
Podemos afirmar que el hombre modela el espacio a través de la lengua. La ciudad es un laboratorio lingüístico. Así, mientras haya desarrollo urbanístico, habrá también desarrollo lingüístico. ¿O hablaba o escribía algún panameño, hace 10 años, sobre metrobuses o áreas sociales, y hasta de[B]malls[/B]? Casos panameños en la literatura encontramos en “Loma ardiente y vestida de sol”, del Dr. Pernett o las novelas de Beleño (“Luna verde”, “Los forzados de Gamboa” y “Curundú”). La distinción ciudad-campo se veía ya desde “Cuentos panameños de la ciudad y el campo”, de Ignacio de J. Valdés.
Les dejo con un fragmento de A Panamá, de Demetrio Korsi: Republiquita microscópica, / ombligo del mapamundi, / brújula de la eternidad, / puente de la conquista, / faro de la inmensidad, / ya todo tu destino lo adivinó Bolívar / con su visión supergenial, / y en el porvenir te mira tu poeta, / ¡urbe continental!