Desde niña creció herida
Desde los seis años, cuando su madre la abandonó para irse con un hombre que no era su padre, ella sintió la espada que le partió el alma en dos, la sensación de ser rechazada. "¿Cómo es que mi mamá se va a ir con otra persona y me va a dejar? ¿Acaso ese señor es más importante que yo?". Esta niña había presenciado desde muy pequeña las discusiones entre su madre y su papá. Él era muy celoso. Ella era muy bella. Su padre dirigía una empresa mediana y era muy laborioso, pero de pocos detalles, de mal genio, pero muy emprendedor. Fue hijo por fuera de una persona muy pudiente. Nunca le dieron el apellido de su padre, pero sí fue educado en un buen colegio y una importante universidad. Pero también creció sintiéndose rechazado por la familia de su padre. Al casarse con la más atractiva de sus empleadas, divorciándose de su esposa, la mantenía con lujos, pero no la atendía. Esta muchacha al final opta por irse y unirse con otro empleado y se marcharon a otra ciudad y luego del país.
En esa familia tan pequeña, el padre y la hija, está la sombra maligna del sentimiento profundo del rechazo, del abandono. El papá, abandonado por su padre y ahora por su segunda esposa. Se sienten frustrados y se crea un trauma que marca sus vidas. Esta niña, al sentirse minusvalorada empieza a crear una autoimagen negativa. Y así va creciendo. A los 15 años, en el penúltimo año del colegio se hace muy rebelde y con otros dos compañeros comienzan a consumir drogas. Termina de mala manera el colegio y su padre, ocupado en sus negocios y con una que otra aventura sentimental, no le pone atención a la niña. ¿Y a qué universidad ir? La manda al extranjero, y en un centro de estudios muy liberal, esta muchacha se enreda en amoríos y adicciones. En una redada de la policía cae presa por estar en compañía de un distribuidor de drogas al por menor. Estando en el presidio y después de un proceso de evangelización, ella se siente valorada al fin y de la manera más esencial, no por su dinero, ni por su belleza, ni siquiera porque es universitaria, ni tampoco por ser inocente del cargo que le imputan. Sintió la misericordia divina, el amor incondicional de Dios, y experimentó el perdón de sus pecados.
Esa transformación no era total porque todavía no había perdonado a su madre. Nunca más la había visto. ¿Cómo perdonar esa infamia?, se decía ella. El sacerdote de la prisión sabía bien el caso y averiguó el nombre de la señora y después de visitar el consulado del país de donde venía logró localizarla. Su amante la había abandonado hacía años. Por orgullo, por pena, por sentirse muy culpable, no había vuelto a su país ni a encontrarse con su hija.
El padre la llevó a la cárcel. El encuentro fue impresionante. Ambas mujeres fracasadas en muchas cosas se abrazaron, lloraron, se contaron sus historias. Entre madre e hija nació una gran amistad y la muchacha la perdonó totalmente. Ellas dos han seguido apoyándose. La madre volvió con su hija a su país y aunque nunca se han reconciliado el papá y la mamá, madre e hija tienen una relación preciosa en Cristo Jesús con quien son invencibles.