Desierto de ideas
Entre las diversas opiniones que se han vertido recientemente en torno al problema de los salarios resulta reveladora la presentada por el Señor John Bennett N., donde este connotado analista insiste, entre otras cosas, que se trata de un problema donde “las alternativas son escasas y difíciles”, Esto, desde luego, es estrictamente cierto para quien no conoce o no quiere conocer el fondo del asunto a considerar.
El autor que ahora consideramos afirma, por ejemplo, que la situación referida a la inflación actual es “en gran medida importada”, reconociendo implícitamente que existen otros factores significativos, pero absteniéndose de cualquier referencia a los mismos, lo cual no parece una forma muy científica de tratar el problema. En efecto, cualquiera que se tome el cuidado de realizar una regresión entre el costo de la canasta básica alimenticia y el índice de los precios internacionales de los alimentos medidos por la FAO puede, utilizando un método más riguroso, demostrar que la variación de este último solo logra explicar cerca del 38.3% de las variaciones en el costo de dicha canasta. Quien está comprometido con un análisis que busque ser una explicación certera de la realidad tiene que ir más allá, buscando otros factores determinantes. Esto es precisamente lo que intentamos en un estudio reciente titulado “Crecimiento, Inflación y Distribución”, publicado en Seguridad y Soberanía Alimentaria No. 24, en el cual se logra demostrar que también es posible afirmar que una buena parte de la inflación local se debe a la elevación del grado de oligopolio ejercido por los comerciantes. Teniendo esto en cuenta se puede llegar a la conclusión de que los asalariados, cuenta propias y el resto de la población, han venido sufriendo una creciente pérdida de lo que los economistas tradicionales llaman el excedente del consumidor gracias a la actividad especulativa de los intermediarios. No deja de ser extraño, por llamarlo de alguna manera, que un declarado libre cambista no tenga esto en cuenta, como tampoco lo hace con el hecho de que entre el 2004 y el 2009 la productividad del trabajo se elevó en aproximadamente el 25% mientras que los salarios reales quedaron prácticamente estancados.
No menos extraño es que el autor, contrariando a los verdaderos libres cambistas, que como Robert Lucas y Robert Barro proponen la presencia de mercados con ajustes instantáneos y completos, afirme que siendo el mercado “lerdo ajustándose”, el resultado de una medida expansiva como el incremento de salario sea el incremento del desempleo. Como lo sabe cualquier estudiante de economía una política expansiva en un mercado de lento ajuste de precios y capacidad ociosa, se tiene que reflejar en un incremento de la actividad económica y el empleo. La oportunidad que tenemos es, por tanto, la de enfrentar al intermediario especulador retirándole los excedentes mal habidos, repartiéndolos entre los productores nacionales de alimentos y los trabajadores del campo y la ciudad. Definitivamente el análisis económico no se puede intentar como un torrente de palabras en un desierto de ideas.
Economista.
