Después de la tempestad
"¡El que no vive para servir, no sirve para vivir”
Santa Teresa de Calcuta
“Haga cierta la interpretación correcta del concepto de mandatario no es el que manda, es el que obedece; tal vez así la democracia deje de ser la mentira retórica encerrada en un vocablo, y empiece a ser, de verdad, el gobierno del pueblo”. Con estas palabras aconsejaba el magistrado Erasmo Pinilla al señor que hoy reposa en la silla presidencial.
¡Son las once de una oscura noche en la que recuerdo falsos discursos del 2014!
El mismo señor, que tiempo después llegó a excusarse diciendo que el nepotismo descubierto en el Tribunal Electoral “lo hacía por amor a su familia”, era quien meses antes se enorgullecía de transmitir sabios consejos al que, en momentos de campaña, ofreció poner de primero al pueblo panameño. No es mi intención hacer un resumen de lo que en su momento el señor Pinilla expresó, pero resulta hoy que todos esos consejos, discursos y promesas hechas quedaron como letra muerta producto de una falacia de la argumentación, como si de publicidad engañosa se tratase.
Entre recuerdos de un reciente pasado y vivencias tempestuosas del presente, surge el personaje del que escribo en este ensayo. Un hombre que le hace honor a aquel conocido refrán: “Lo que empieza mal, termina mal”. Ha sido así este personaje. Empezó mal, empezó con venganza, con obsesión, con injusticia, con desidia, con nepotismo, con despilfarro, con falta de transparencia y de dignidad institucional. Un hombre que ha llegado a ocupar una silla presidencial, que al parecer fue regalada. Un hombre que caminando de la mano del revanchismo y la corrupción, continúa con más promesas debidas e incumplidas, como si aún estuviese en campaña electoral, y que de esa forma pretende maquillar su incompetencia y la falta de un plan de gobierno coherente y científico para hacer frente a los retos de un país que poco antes destilaba progreso. Les escribo sobre el hombre que en su discurso del Acto de Toma de Posesión del 1 de Julio de 2014 decía: “A partir de este momento, apegado a las leyes y la Constitución de nuestro país, me separo de mis responsabilidades político-partidistas y asumo mi única responsabilidad: ser el presidente de todos los panameños y servirles con amor, pasión y entrega durante los próximos cinco años…”, y añadía: “Vengo a solucionar los problemas y no a crearlos”. Él es Juan Carlos Varela, un hombre para el cual el pueblo panameño no es lo primero. Un hombre que es el primero en ofender al pueblo. Un hombre al que no le interesa servir al pueblo panameño.
En medio de esta tempestad que hoy vive nuestro país, surge un verbo del que se desprende la solución. Se trata del verbo servir. El Diccionario de la Real Academia Española nos presenta 20 significados para ese verbo. Del Latín Servīre: Ejercer un empleo o cargo propio o en lugar de alguien. Obsequiar a alguien o hacer algo en su favor, beneficio o utilidad.
Pues bien, gobernar debe significar servir a los demás con el objetivo de lograr el beneficio común. De eso se trata la política. De que te guste la gente, de que sirvas a la gente. Lo cierto es que hoy nuestro país cuenta con un mandatario que se sirve a sí mismo y que responde a las críticas de las masas atacando con comentarios burlescos y cínicos al pueblo panameño.
Faltan solo dos años y algunos meses para que acabe el gobierno del señor Varela. Empezó mal. Cada vez está peor. Quedará en nosotros, los electores, dar la solución y elegir una persona que junto a su equipo de trabajo tenga el interés de devolvernos al país el protagonismo positivo que la venganza y la incompetencia nos han arrebatado.
Quedará en nosotros la responsabilidad de elegir personas que, con acción y servicio, hayan demostrado ser capaces de solucionar los problemas.
Nos corresponderá elegir a la persona que sirva para vivir, y viva para servir a Panamá.