Deuda ecológica
La deuda ecológica es un concepto vinculado al intercambio ecológico desigual, destinado a destacar una forma de deuda acumulada por los países de alto desarrollo con los países menos desarrollados, que estaría explicada por el pillaje de los recursos naturales, los daños ambientales y la ocupación libre del espacio ecológico destinada a depositar desechos, tales como los gases invernadero, que los primeros realizan en detrimento de los últimos. El grupo de investigadores de la Ghent University, dirigidos por Erik Paredis, a quienes se les dio la tarea de definir el concepto con precisión, llegaron a la conclusión de que el mismo contiene tres componentes. El primero se refiere al daño ecológico causado a través del tiempo por un país en otro por medio de sus patrones de producción y consumo. El segundo representa al daño ecológico causado por un país a ecosistemas que están más allá de toda jurisdicción nacional, debido a sus patrones de producción y crecimiento. Por medio del tercero se incorpora la explotación y uso de los bienes y servicios de los ecosistemas a través del tiempo por parte de un país a costa de los derechos de otros países sobre dichos bienes y servicios.
Desde el punto de vista práctico el elemento de la deuda ecológica que más se ha estudiado es el relacionado con el uso y abuso del medio ambiente global, entendido como un espacio común de la humanidad, debido a la emisión excesiva de gases invernadero en relación a lo que sería un nivel per-cápita sustentable para toda la humanidad. Es así que, de acuerdo con John Bellamy Foster, ya en la década de los 90 del siglo pasado, esta deuda se podía calcular en cerca de 13 billones de dólares anuales, monto equivalente a tres veces el total de la deuda financiera de los países en vías de desarrollo con el Norte desarrollado.
En el caso de Panamá aparece una forma de deuda ecológica vinculada con el agua, la que ha sido pasada por alto muchas veces. Esto se evidencia al tomar en cuenta que por cada barco que transita por el Canal de Panamá se vierten al mar cerca de 101,000 metros cúbicos de agua fresca, en condiciones tales que desde el inicio de sus operaciones en 1914 hasta que el granelero Fortune Plum lo atravesó el 4 de septiembre de 2010 se han dado un millón de tránsitos por el mismo. Si, por medio de una operación sencilla, se calcula el total de metros cúbicos de agua fresca utilizada en la operación del Canal y se le aplica, con fines de ilustración, un valor de B/. 0.10 por cada uno de estos, se llegaría a un total de B/. 10,100.0 millones, monto que serviría para dar una idea de la deuda ecológica que los usuarios del Canal, principalmente los Estados Unidos, tendrían con Panamá. La moraleja es clara: en un mundo en que el agua se hace cada vez más escasa nuestro país deberá empezar a valorizar correctamente este bien ecológico fundamental.
