Día de la verdad
Ha cesado el estruendo monótono de la propaganda política. Ha concluido el periodo de divulgación de los programas de gobierno. Ha cesado el fracaso de los pactos éticos y ha prevalecido la guerra sucia. Por tanto, ha llegado el día de la verdad. Cuando se escrute el resultado de la votación se conocerá el veredicto democrático de los electores acerca de los candidatos presidenciales, diputados, alcaldes, concejales y representantes ungidos por el pueblo.
Unos hablan de votos de partido. Otros manipulan el voto útil. Otros recomiendan el voto a conciencia. Como el voto es secreto y se sanciona cualquier maniobra para violar la privacidad de las urnas, no surgen dudas que debe prevalecer la libre determinación política de los ciudadanos legalmente aptos para ejercer el sufragio.
Pocas veces el escenario electoral panameño ha sido blanco de pronósticos tan sombríos como este que, afortunadamente hoy concluye, en forma pacífica y civilizada. A pesar de los presagios, no ha habido y creemos que no habrá episodios que alteren el desenvolvimiento tranquilo de los comicios. A la postre siempre predomina la armonía porque los panameños hemos aprendido, a partir de la década de los noventa, a respetar las reglas del juego democrático.
Las polémicas políticas condimentaron la campaña electoral. Sin embargo, se han acatado las normas que preservan el clima de tranquilidad, tal como antes aconteció y debe conservarse este día decisivo en que los votantes ejerzan sus derechos respectivos. Por ende debemos darle tregua a las huelgas, paros, y a cualquier acto que después podría aplicarse en el respeto al orden público. Es proverbial la madurez democrática del pueblo panameño en las elecciones generales, tal como podrán comprobarlo los observadores internacionales de la OEA y de otras instituciones.
Un pensador francés dijo que la nación representa un plebiscito cotidiano. Es posible constatar que las decisiones electorales no suelen ser producto de análisis efímeros meramente coyunturales sino el resultado de evaluaciones quinquenales sopesadas reflexivamente antes de mostrar cada cédula de identidad, estampar la firma en el registro de las mesas electorales y depositar en silencio y sin interferencias de cualquier origen cada voto en las urnas.
Es admisible la existencia de votantes amarrados a la pertenencia de un partido y, también, de votantes alienados por los sofismas y falacias de la publicidad política. Hay de todo en la viña del Señor.
La multitud llegará con espíritu amistoso a los centros de votación no por el imperio de una obligación que en otros países ordena el cumplimiento de un mandato pautado por las normas electorales, sino por una vocación profundamente democrática, que se asume como un compromiso moral.
Nos sentimos justificadamente orgullosos de que entre el 75% y 80% de los votantes acude a las urnas. En otros países la participación apenas llega al 50% y a veces baja el porcentaje.
El presidente Belisario Porras dijo en un memorable discurso: “Lo malo en esas luchas por el dominio de las ideas o por el de una ambición está en el régimen de gobierno, que debe ser del pueblo y para el pueblo”. Debemos recordar el mensaje del patriarca de Las Tablas.