Diálogo: líbranos del mal
Repetidas veces, cuando oramos, invocamos al Señor en la oración que Jesús nos enseñó. Decimos: “líbranos, Señor, de todo mal”, y deberíamos seguir repitiendo, pero con fe, más en estos momentos en que en el país nos encontramos cada día más cerca de una confrontación física, fratricida y callejera entre los actores del diálogo que se aleja cada día más y más, como que se va agotando la paciencia.
Dios nos libre de lo que muchos no queremos, del mal, y el mal entre nosotros es la violencia fratricida que ya a cada momento los reporteros de las televisoras anuncian como cierres en la carretera Interamericana, ora aquí, ora más allá y no sabemos hasta cuándo vamos a seguir esperando lo inesperable. Y por eso estamos gritando, una y otra vez, líbranos del mal. Que ojalá seamos capaces de encontrar vías de solución por ambas partes, ya que en todo diálogo lo que se busca es que las mismas cedan y que nadie salga derrotado y que no haya ni vencedores, ni vencidos.
Gritar consignas, destruir, demostrar que uno no es idiota, a veces nos cuesta, antes muchos consideran que es lo único que podemos hacer bien. Pero no podemos ser inconsecuentes y debemos tener siempre presentes a todos los que hacemos a este país.
Mucho ha costado llegar adonde estamos y en poco tiempo podemos acabar con lo obtenido. Pudimos haberlo evitado, ya es usual entre nosotros, y es que las pasiones en el ser humano son el mismo mal. Recuerdo a aquel dictador centroamericano cuando dirigía el rescate de una nave por otra, cuando llegó el momento en que la nave rescatada no podía más, entonces el jefe, pistola en mano, obligó a los trabajadores a que siguieran cuando todos gritaban que se hundirían, pero el orgullo y la ambición al fin entendieron que no era lo recomendable. En las Sagradas Escrituras existe un pasaje en que los discípulos le claman al Señor: Sálvanos que perecemos. Así a nosotros, al reconocer nuestra pequeñez, nos toca gritar al Todopoderoso: Sálvanos, Señor, porque todo se va a perder por nuestra estupidez. La historia, que es “magistra vitae”, nos enseña ese movimiento ondulatorio de los pueblos y razas,
que primero van sobre la ola y luego debajo de ella. En el reino animal, la supervivencia de uno se da por la destrucción del otro; en el humano, no debe ser así, sino que el progreso de uno conlleva al progreso del otro. Que nos libre el Señor.
Sacerdote jesuita.
