Diálogo y confianza
Un mínimo de confianza debe preceder a todo diálogo político. Todo diálogo político implica una responsabilidad para con la sociedad. Si la confianza no existe, sus actores deben producir muestras, aunque sean mínimas en esa dirección, porque de la responsabilidad que tienen depende en gran medida la fe pública, la estabilidad y en última instancia la gobernabilidad. Por estos días la mesa de diálogo que han instalado autoridades y representantes de gremios sobre la ley 30 amenaza con quedarse sin una de sus partes lo que produce, si no preocupación, por los menos sí cierta aprehensión. Todo diálogo se establece con el interés de buscar consensos para situaciones aparentemente antagónicas, no se trata de imponer la victoria de una fuerza sobre la otra, sino el intento por armonizar enfoques y propuestas. Si se rompe el intento se ha producido la irresponsabilidad de una de las partes o de ambas. Panamá no puede ser el país de la zozobra diaria aun cuando algunos teóricos consideren que aquí se vive una crisis hegemónica insalvable. Las crisis de ese tipo sólo se resuelven violentamente, y no debe ser esa la meta que anime a quienes hoy por hoy tienen la responsabilidad de impulsar a la Nación por senderos de desarrollo y perfeccionamiento democrático. Sería muy prematuro sostener que entre panameños es imposible alcanzar fórmulas y acuerdos, a menos que las intenciones sean precisamente esas, y seguramente que la ciudadanía, que observa con ojo crítico este tipo de eventos, reprobaría todo intento en esa dirección.
