Diálogos, negociaciones y mediadores
Me llama la atención que los medios se refirieron a las recientes conversaciones entre las bancadas de la Asamblea Nacional (por sus diferencias sobre las reformas electorales) como “negociaciones”; mientras que a las pasadas conversaciones entre el Gobierno y los indígenas o entre el Gobierno y los educadores las llamaron “diálogos”.
Pareciera que el término diálogo tiene connotaciones más potables en nuestra sociedad porque, por ejemplo, los indígenas nunca dirían que estaban “negociando” sus tierras. Por otro lado, no fue un problema decir que los diputados “negociaron” las reformas electorales, posiblemente porque lo hicieron en toda su extensión. Sin darnos cuenta, los hemos identificado como “mercaderes”.
Creo que no dudamos en que los diálogos o negociaciones más productivos son aquellos en los que las partes tienen los mismos objetivos y que el conflicto está en la forma de lograrlos. Un buen ejemplo podría ser el que se da entre una pareja de esposos. Imaginémonos ahora un diálogo entre facciones que tienen diferentes objetivos. ¿Sería posible un acuerdo? Mi respuesta es no. La única forma en que un acuerdo sea posible bajo esas condiciones es que ambas partes estén conscientes de que si no se ponen de acuerdo se “irían al despeñadero”. Ese no es el caso de un conflicto bélico en el que los involucrados desean la paz, es el caso en el que a ambas partes solo les conviene la paz; por lo que ese tipo de acuerdo no duraría.
Negociaciones con aparentes objetivos discordantes se presentan en la venta de un bien, porque el vendedor desea el precio más alto posible, mientras que el comprador busca todo lo contrario. Pero en este tipo de negociaciones, el acuerdo es usualmente fácil, porque el logro de un trato es el objetivo común.
Los diálogos o negociaciones que menos futuro tienen son aquellos que dependen de un mediador. Eso es porque la necesitad del mediador es debido a la desconfianza. En este grupo se sitúan los que creen que la otra parte no desea el diálogo y esperan que el mediador sea testigo de ello. Aquí también se ubican los que no desean el diálogo, pero no quieren pecar de intransigentes ante las presiones de terceros (que podría ser el futuro mediador); así como a aquellos que con el diálogo esperan ganar tiempo para planear su siguiente paso.
Generalmente, los mediadores no tienen nada que perder y sí mucho que ganar en un conflicto, porque si se logra un acuerdo, quedan como héroes. Los mejores mediadores son aquellos que compartirían la derrota si no se logra un acuerdo. Solo así serían verdaderos mediadores y no simples conductores de debates. Este es el caso del Gobierno en una disputa obrero-patronal.
Químico industrial.