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Dictadores y tiranos, no


Los acontecimientos en Libia actualmente estremecen al mundo civilizado. La aviación del gobernante Gadafi ha derramado la sangre civil de centenares de sus conciudadanos criminalmente acribillados porque ya no lo quieren más en el ejercicio del poder. Inevitablemente caerá, así como cayó recientemente su par en Egipto.

Cuando un pueblo en masa se lanza a las calles en protestas y clamando por el cese de un mandatario en sus funciones, su caída, irremisiblemente, es tan sólo cuestión de tiempo.

Y por mucho que aquel se aferre al poder, el aborrecimiento y la ira popular en su contra, se acentuarán. Sus propios testaferros, ante la creciente ola del descontento general, cesarán, paulatinamente, de acompañarlo en el palacio de gobierno o de abandonar el país antes que él, si es que puede lograrlo. Y ¡ay de él si no puede irse a tiempo!