Diez años (de una tragedia particular)
Primero uno, luego el otro. Todo, en pleno corazón de Manhattan.
Las señales de televisión, primero, arriesgaron una hipótesis lejana al atentado: una avioneta había perdido el control y terminó chocando con la torre norte del World Trade Center.
Pero la propia realidad, y mientras toda la televisión mundial transmitía en directo, hizo añicos esa hipótesis: en vivo el mundo vio cómo un segundo avión se destrozaba contra la otra torre (sur) solo 17 minutos después de la primera. Eran las 9:03 a.m. del 11 septiembre de 2001.
Y luego otros dos aviones más, uno en Washington y el otro en Pennsylvania.
Si la pregunta se repite una y mil veces, la mayor parte de la gente no dudaría un segundo en responder ¿Dónde estaba y cómo se enteró del atentado terrorista a Estados Unidos?
Todos tenemos certeza -y recordamos- el momento en que se conoció la noticia. O la conocimos.
Esa tragedia marcó un antes y un después. No de la humanidad, sino en la vida de cada uno. Fue una tragedia particular.
Con la seguridad, además, de estar viviendo una catástrofe que marcaría la historia en dos. Que la cruzaría con una línea honda entre dos maneras de pensar antagónicas. Enfrentadas.
Tras la sorpresa, aquella mañana luego regalaría otro espectáculo dantesco: las dos torres cediendo y desplomándose. Y esa nube de polvo blanca tapando todo el sur de la ciudad de Nueva York.
Y, por supuesto, la muerte.
Diez años. O en otras palabras: una década. Mucha “historia” pasó desde entonces. Pero, a pesar de ello, nadie olvida esa mañana. El lugar, el gesto y la sorpresa. Nadie se olvidará cómo recibió ese 11 de septiembre de 2001 la noticia de que dos edificios en Estados Unidos se desplomaron porque una organización terrorista decidió “lanzarle” en picada dos aviones comerciales.
