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Dificultad de los jóvenes para ganarse la vida hoy

Por: Redacción 18/10/2013

Víctor Corcoba Herrero (opinion@epasa.com) / Escritor

Ganarse la vida nunca fue fácil para determinadas personas, sobre todo para aquellas que han sido criadas con dificultades económicas. Para empezar, no han tenido el mismo acceso a la educación que otras, y la mayoría tuvo que migrar en busca de nuevos horizontes. Empezar de cero, en otro hábitat, de cultura a veces muy distinta a la naciente, entablar relaciones nuevas, con la mirada puesta en la supervivencia, no es nada fácil y conlleva cierto riesgo. Unos países pueden ser más acogedores que otros, más pacíficos, pero las amenazas discriminatorias, de explotación y abusos, te las encuentras en cualquier esquina, hasta en tu propia nación.

Una de las principales hipocresías del mundo contemporáneo es la rebaja de los sueldos. Hay salarios tan ínfimos que no pueden devaluarse más. Y aún más si eres joven, aunque tengas todos los títulos del mundo.

Resulta vergonzoso que no se respeten ni los salarios mínimos y los empleos en precario se consideren como empleos adecuados (o decentes), cuando lo que se oferta es un mercado que explota como jamás al trabajador, convertido la mayoría de las veces en un instrumento de lucro, sin derecho a nada o a casi nada. Por lo que se refiere al marco de las relaciones laborales, no existe nada más que en las leyes. Puro cuento. Igualmente se lo ha cargado la crisis financiera. La sociedad no ve nada más que por los ojos de la economía, y no solo está a su servicio, se arrastra si es menester. Por eso es tan complicado fortalecer una cultura de convivencia y de desarrollo colectivo. Cada uno mira para sí (y los suyos). Además, se acentúa tanto la falta de sensibilidad solidaria que a menudo se acusa a los migrantes de quitar el empleo a los trabajadores locales, lo que incide en más exclusión.

Desde luego, la mayor injusticia de hoy radica en dar generaciones por perdidas, mientras los ciudadanos más acomodados aumentan aún más su riqueza. No conocen la pobreza y tampoco la crisis. Están exentos de contribuir al pago de la deuda. Se ha disipado el deber de hospitalidad, el sentido social y humano de las personas y, en buena medida, la responsabilidad de los poderes. Con estas mimbres, va a ser muy arduo poder salir del hoyo en el que nos han metido unos pésimos gestores. Tienen que ser otras personas las que nos liberen de una economía sin ética.

La doctrina “de hoy por ti y mañana por mí” todo lo esconde. Y, en todo caso, las facturas a sus divertimentos, desfalcos, raterías y quebrantos se le pasan a la clase trabajadora, vía contribuciones, tasas e impuestos. Pienso en el día que estos obreros despierten de tanto juego sucio, e igualmente en los que nunca han podido ser trabajadores porque se les ha negado el deber de trabajar y el derecho al trabajo; se les ha impedido ser motor de cambio, por lo que será complicado volver a engañarlos. Yo así lo espero.

Confío en esa juventud estimulada por los valores humanos, por el coraje del cambio, que respeta, pero que también exige, que trabaja con fuerza para ganarse la vida, sabiendo que su energía de buena voluntad, idealismo y talento es tan precisa como necesaria.

La fuga desesperada de esos jóvenes en busca de empleo, propiciada también por algunos Gobiernos, tiene que hacernos meditar a todos. Sin duda, las instituciones gubernativas deben prestar más atención en la formación de los jóvenes, pero también en la transición entre los estudios y la búsqueda de empleo. Un país que abandona a sus jóvenes o que les obliga a emigrar por pura necesidad, debería dimitir cuanto antes.

Uno necesita ganarse la vida como siempre, pero los jóvenes, mal que nos pese, siguen estando marginados en muchos países, en la medida en que no se cuenta con ellos, que pudieran ser colaboradores valiosos. Se precisan otros estilos de vida, otras maneras de pensar, otros modos de hacer y es el espíritu juvenil el único que puede llevarlo a buen término.

En un mundo como el presente esto es fundamental para solidarizarse con los demás, para reconocer opiniones divergentes, para resolver conflictos. ¿Se imaginan un país sin jóvenes? Todo caminaría sin entusiasmo. Son nuestra luz, acción y reacción a un mundo tan diverso como disperso, nuestro estado de ánimo frente al desánimo que nos circunda. Están en la edad de los sueños posibles, de la ausencia de egoísmos, de los excesos de donación, de la mirada limpia y del genio vivo. No les cortemos las alas. Requerimos su empuje entre nosotros.

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Miércoles 12 de agosto de 2026