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¡Dignidad panameña siempre en alto!


E n Cuba, bajo el mando de Fidel Castro (hace medio siglo), Rusia tuvo su primera cabeza de puente en América Latina. Con rapidez de movimientos, quiso apoderarse del Caribe y Rusia, a través de Castro, su satélite, promovió conatos de rebeliones en Panamá, donde tuvo un final sainete; en Guatemala, donde alcanzó relieves cruentos; en Nicaragua, en Venezuela.

El punto más codiciado de todos era, sin duda, Venezuela. País productor de petróleo y otros minerales, era una presa codiciada y codiciable. Pero en la década de los 60, el líder democrático venezolano, Rómulo Betancourt, enfrentó y paró las intenciones de Castro.

Sin embargo, 40 años después, con el advenimiento de Hugo Chávez al poder en Venezuela, Castro, finalmente, logró realizar su anhelado sueño: apoderarse de la patria del Libertador Simón Bolívar.

La obtusa política de los eternos acechantes de oportunidades a cualquier precio y título (infortunadamente, también practicada en Panamá), nos ha enseñado que la democracia y la transparencia en la administración de la cosa pública, pueden mantenerse a pesar de cualquier embate y cualquier intento de coacción, acoso o chantaje, cuando existe decisión, experiencia y rectitud, y cuando se habla en un lenguaje directo respaldado por los hechos.

En Panamá hoy, la vida política ha saltado, de un día a otro, a la luz plena de la actualidad nacional e internacional. Nadie ha dejado de ver cómo la ofensiva del régimen actual podría tener tremendas consecuencias para las presentes y futuras generaciones panameñas.

En ese sentido, la alerta y atención de los sectores políticos, cívicos y sociales defensores de la libertad y la democracia, han enfocado el caso con seriedad.

La experiencia vivida nos ha enseñado a ser todavía más dignos, a discutir con realizaciones, que es el terreno donde no pueden entrar los que actúan por reflejo y por mando remoto. Los medios de comunicación, informando sobre los escándalos en las entidades públicas, constituyen un freno a la codicia de los hombres de presa y de empresa para adquirir poder y valimiento o para regodeo, menesteres para los cuales no los elige el pueblo, ni para que lo ejerzan en su propio beneficio y para enriquecerse, sino para servirlo.

“La integridad de un hombre tiene dos pruebas fundamentales que superar en dos extremos de la vida: cuando se está en el fondo; y cuando se llega a la cima”. ¡No todos los que han pasado por ambas cosas en la vida política y social, pueden presentarse a la vista del pueblo!

Pedagogo, escritor, diplomático.