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Dignidad y el quehacer de los hijos


El padre, la madre y el hijo adolescente participan en una consulta médica. Visualizo sus diálogos girando en torno a lo que tantas veces observamos en películas o leemos en libros: un joven que se enfrenta a sus padres con actitudes desafiantes y burlonas. Los padres miran alrededor mientras dicen ya no saber qué hacer. El padre intenta calmar al hijo y trata de explicar cuáles son sus razones, hasta que se encoleriza y finalmente cede.

Me pregunto si los cambios que se producen en diversas áreas de la vida cotidiana influyen en la construcción de una familia digna. Hemos aprendido qué es un padre cuando contamos con él y nos complace escucharlo y mirarlo, sin reparar en que ese hombre no nació siendo padre. Igualmente, recordamos el día cuando la abuela nos mostró su foto en la que aparece vestido de escolar, y más tarde vimos la fotografía de un hombre que mira coqueto a una muchacha vestida de blanco: la foto del matrimonio que prenunciaba el inicio de una familia.

Pero la desazón con que los jóvenes afectan el ánimo de tantos padres puede considerarse esperable, dadas las características de los tiempos actuales. El titubeo permanente acerca de lo que convendría decidir o hacer respecto de ellos pone a la vista un desconcierto familiar que, dada su reiterada aparición, puede convertir al padre y a la madre en una imagen confusa y no confiable. Es válido que existan dudas acerca de cómo proceder en situaciones históricamente impensadas: niños que expresan intereses sexuales que no acuerdan con lo que podría esperarse a su edad, adolescentes que ingresan en las drogas, niños y niñas que discuten sus derechos para asistir a los bailes de quince años o bien su derecho a regresar los domingo a las seis de la mañana, y otros fenómenos que se asemejan por lo inquietante que son.

Lo que resulta menos razonable es que, creyendo adaptarse a la época, se acuerda con todo lo que los niños pretenden sin comprender que aceptar esa política transgrede aquello que se espera de un adulto pensante. Y al sustituir la imagen de padres conservadores por la presencia estimulante de padres comprensivos, algo se descuida y se afecta la dignidad que acompaña las funciones de los padres.

Dignidad es la de quien se comporta de modo tal que merece el respeto voluntario de los demás, y al mismo tiempo es una persona sensible al trato que los otros le otorgan y que, por lo tanto, no tolera humillaciones ni faltas de consideración, dado que la estimación que se tiene a sí mismo se lo impide. Entonces, aunque dignidad no sea palabra corriente hoy en día, es posible inferir que en el ánimo de muchos padres exista la nostalgia de ser reconocidos como portadores de tal valor.

Cuando el padre no registra la importancia que ante los hijos puede tener la defensa de su dignidad, adhiere al quebrantamiento de las jerarquías que regulan las diferencias generacionales. La necesidad de sentirse digno que alentó mientras crecía, acumulando experiencias, trabajos y dificultades, se convirtió en un capital que lo diferencia de sus hijos, quienes recorren un camino ya transitado por él.

Esas diferencias, cuya aceptación es fundamental para convivir, pueden contener modelos de gente digna o no, ya que para ser padres es suficiente con reproducirse, pero no alcanza para garantizar dignidad alguna. La dignidad de los padres es un atributo para la consolidación de la familia, en tanto ésta se recrea diariamente en sintonía con los hijos y con las alternativas que ofrece cada época. Los padres, por tanto, regulan las necesidades personales de sus hijos al priorizar las responsabilidades que tiene frente a ellos, y una de ellas es ayudarlos a crear la necesidad de saberse personas dignas.

Empresario.