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Dios como valor

Por: Redacción 25/08/2013

Ruling Barragán (opinion@epasa.com) / PANAMA AMERICA

Las disputas filosóficas acerca de la existencia de Dios han fascinado –pero también hastiado– a intelectuales y no intelectuales durante siglos. Nada en la historia de la filosofía nos hace pensar que esta situación vaya a cambiar. Aún hoy, la situación filosófica no ha variado un ápice.

Desde un punto de vista puramente intelectual, el problema tal vez no tenga solución. Aparte, si las mentes más brillantes del planeta no han logrado resolver este problema, es aún menos probable que lo resolvamos nosotros.

La disputa ha sido incluso mal planteada, al menos en muchos casos. Como bien ha dicho el filósofo Slavoj Zizek, el asunto filosófico no es la existencia de Dios, sino qué entendemos por ‘Dios’. Esto me parece enteramente razonable. Para discutir si algo existe o no, debemos aclarar primero en qué pensamos. Luego, asegurar que mi interlocutor y yo hablemos de la misma cosa.

Un modo de abordar la idea de Dios consiste en entenderla como un valor. Aunque el término ‘valor’ puede definirse de diversas formas, por él podemos entender también ‘el objeto de cualquier experiencia que maximiza nuestro aprecio por la vida y optimiza nuestra relación por los demás. Todos tenemos una idea de lo que es un valor cuando nos hablan, por ejemplo, del bien, la justicia, o la belleza. La experiencia de estos u otros valores se ajustan a nuestra definición. Todos ellos incrementan nuestra estima por la vida, al tiempo que perfeccionan nuestra relación con las personas.

Lo anterior no significa, empero, que Dios no sea nada más que un valor. Simplemente significa que cualquier otra cosa que Dios sea, más allá de ser un valor, no es objeto de nuestra investigación. No negamos que Dios pueda ser esto y muchas otras cosas, pero –sea lo que sea–, no nos toca a nosotros determinar qué es. Optamos por entenderlo como un valor, pues esto nos facilita hablar y convivir con aquellos que no comparten nuestras convicciones religiosas o filosóficas.

Esta propuesta de comprender la idea de Dios como un valor tiene otro curioso resultado. No interesa aquí si uno se denomina ateo o creyente. Lo que en el fondo cuenta es nuestra experiencia de los valores y no nuestras ideas sobre lo que creemos, o cómo nos concebimos. Esto sería la piedra de toque que determinaría nuestra verdadera relación con algo que trasciende al ego, que muchos llaman ‘Dios’, pero otros no. La propuesta de una lengua franca que hable de Dios en términos de valores, en vez de ideas religiosas o metafísicas, no es una mala alternativa a la falta de comprensión cuando se trata este tema con quienes tienen una visión del mundo muy distinta.

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