Disciplina ejemplar en abandono
La urbanidad, la humildad y la decencia son las fuertes columnas que soportan el peso de la disciplina presente y futura, legados intelectuales y culturales que florecen en el fondo del hogar, rindiendo de frutos en el seno familiar, unidas a los hábitos, habilidades y actitudes fundamentales, formando los ingredientes de la personalidad en completa unidad seductora. Cuando actuamos con prudencia, nos embarga la emoción concurrente, es el razonamiento que sin duda alguna pretende llevarnos hacia el fin preferido, impulsado, por los recursos obedientes que buscan ubicarnos en las propiedades del progreso edificante, comportamiento que en el pasado estimuló solicitando la amada creatividad complementaria, contribuyendo positivamente a la formación de grupos humanos con capacidades y también elegancias equilibradas. Tenemos que recordar la engrandecida idea que forjó historia en el pretérito del educador y el padre de familia que se proyectaba en el niño cubriendo los años de vida ingenua, ya en la escuela como en el hogar, vigilando la formidable tendencia de hábitos morales ingeniosos que, ratificaban con presteza la conducta posterior en el cursar de la existencia. Era la secuencia cerebral selectiva en soberana integridad, afincando los principios matemáticos y científicos que clamaban por la consolidación de los conocimientos básicos, en claras clasificaciones definidas de relevancias formidables que entregarían en bandeja de oro, los resultados apetecidos extraídos como satisfacciones exitosas, base del triunfo en el cercano porvenir, ante el ojo inquisidor y las plácidas manos generosas del ensimismado educador y el precavido fundador del hogar. No se escuchaba el término reposo en el bregar constante de abejitas en apremios, sometidas a los vaivenes de una tarea sin cortapisas. Nunca trabajamos tanto como en aquel tiempo de normativas elementales cargadas de lozanías que nos llevaban de la mano a la solemnidad amada, pretendida por la perfección, donde los conocimientos inseguros que clamaban por su puntual afinación, eran extendidos, luego de cancelado el tiempo de trabajo diario. Se cumplía con el conveniente período de afianzamiento, a todo esto se cubría el instante como complemento, luego de satisfacerse con las dos jornadas diarias brillantemente cohesionadas.
La urbanidad es calificada como la clásica monitora de los valiosos conceptos conductivos adquiridos, donde no había espacio para la desaliñada holganza. Nadie rezongaba, el respeto circulaba como sabia nutriente con sus ingredientes gratificantes, reforzando en silencio el suntuoso santuario de la prosperidad estimulante asegurando los pasos hacia el esplendor cognoscitivo. Pero un mal día aparece un sabio dando el estrepitoso plumazo hiriendo de muerte al valioso y encantador estímulo que procuraba el empuje de aprender, día aciago para la ruina de todos, actuando sin demora eliminando la urbanidad que servía de puntal generoso enriquecedor del empeño infantil, perdiendo con evidencias las hermosas energías. El dardo infame se incrustaba profundamente en el corazón de la decencia, provocando las dolorosas laceraciones. No podemos actuar lapidando la virtud, donde una educación sin urbanidad es como el viejo puente de madera, amparado por el débil pasamanos próximo a romperse, donde cada intento para avanzar se convierte en una ficción imposible de cumplir. La cortesía convertida en credo ejemplar, desaparecía perentoriamente en poder de la imprudencia indignante.
Escritor