Discriminación racial
Durante los últimos días hemos visto una nueva oleada de situaciones claramente marcadas por el veneno de la discriminación racial. Algo que resulta muy preocupante porque se perpetra en un país, como Panamá, en el que se sabe, por trazadores genéticos muy bien estudiados, que nuestra población posee genes africanos en su ADN. La proporción podría alcanzar a un 41 o 45% del total de los panameños.
Cuando uno sale a la calle, va en un autobús, o en metro, un estadio, o cualquier otro momento en que se puede apreciar la diversidad de nuestra gente, es notoria la fuerte presencia de rasgos negroides en muchas personas que se creen “blancas” tan solo porque su tono de piel es más claro, o su cabello no es tan rizado o negro, como se supone que lo tienen las personas de origen afrodescendiente.
Siempre he sido muy observador de este aspecto de nuestra conducta social y es cierto que nuestro país lleva en su esencia una fuerte impronta racista que ha marcado la psiquis de la población de diferentes maneras. Se trata de ocultar y/o negar nuestra realidad en ese sentido, así como se adoptan patrones de conducta que indican que hay mucho rechazo a todo lo que resulte manifiesta o indirectamente africano.
Es tan preocupante dicha actitud que bajo ciertas premisas falsas se parten de hechos que nos demuestran dicha situación. Se rechaza la negritud porque se aprendió a sentir vergüenza y autocompasión. La discriminación siempre es más atroz cuando viene de las propias víctimas de la misma. Es el caso de nuestro país.
Hace unas semanas atrás, hemos estado viendo situaciones en las cuales se han presentado eventos algo desafortunados. A un niño perteneciente al grupo del Movimiento Rastafari panameño en Colón, al acudir en compañía de sus padres para inscribirse en un colegio de dicha ciudad le dicen que no lo pueden inscribir si no se corta las trenzas características de dicho movimiento religioso, algo que va en contradicción con sus creencias, a las cuales hay que entender y respetar. Pero, claro está que no se puede respetar la que no se comprende y cada uno da solo lo que tiene.
Muy cerca de este caso se produjo otro de similares características en otro colegio de la capital, lo que nos indica que en nuestro país, hay una cultura marcada del no respeto por las diferencias y la diversidad; esto es una verdadera contradicción en uno de los países más diversos del planeta, ya que no solo hemos sido solar patrio por nacimiento o adopción de nacionales de muchos países del mundo, sino que, distinto a lo que sucedió en otros países donde no hubo mayor mezcla interracial, acá se produjo una amalgama genética de inmensas proporciones que nos convierte a cada panameño y panameña en una auténtica ensalada genética.
Posteriormente, a los casos citados otro joven trabajador de una cadena importante de supermercados, en su local del área de Coronado, lo increparon con cierta dureza y fue amenazado con que si no se cortaba el cabello no podía seguir laborando allí como empacador. O sea, un joven humilde, trabajador, honesto y respetuoso, le dicen que de no cortarse el cabello lo van a echar del lugar. Tuve ocasión, como muchas otras personas, de mirar la foto del mencionado muchacho y la verdad es que no me pareció que lo tenía tan largo ni desordenado como para ser amenazado de esa forma. Y entonces, ¿qué queremos lograr con todo esto?, ¿qué se puede hacer con el grueso y rizado cabello de las personas afrodescendientes?, o será que todos estos casos no hacen sino patentizar el hecho de que se les discrimina, se les juzga y menosprecia por ser negros, por ser de origen afrodescendiente.
Siempre he dicho que el racismo en Panamá es muy peligroso, grosero, soez y paradójico si somos un país negro en su mayoría, pero no solo hablo de genética, sino que nuestra cultura es negra; en otras palabras, somos negros por genes o por cultura, pero somos negros. Nuestra música, nuestras comidas, bebidas, la actitud tan alegre y relajada con la que asumimos todo en la vida, el espíritu alegre y jovial de nosotros, y muchas otras situaciones características de nuestra idiosincrasia no hacen otra cosa que demostrarnos día a día que somos personas de mentalidad distinta, y eso responde a esa impronta africana, donde las desgracias, incluso la tristeza son motivo para convertirlas en música y pensar que habrá momentos mejores.
Hay varias frases que nos dictan el camino: “aquí el que no tiene de Congo tiene de carabalí”, o “el que no tiene de dinga tiene de mandinga”, así como “donde hay tambor hay negro”, todo ello nos indica que acá no debe haber sitio para la discriminación, pero es una herencia que nos dejaron nuestros ancestros españoles, esa actitud hostil a todo lo diferente la aprendimos de ellos, y ha logrado prevalecer, al punto que mucha gente niega su parte africana, con una actitud de auto resentimiento, como quien oculta un secreto que no quiere que se sepa, nadie quiere que se le tilde de negro, porque eso es lo que somos todos los afrodescendientes en mayor o menor medida.
Se trata de un tema de educación y de autoestima colectiva, de orgullo por ser lo que somos; siempre le digo a mis estudiantes que soy un orgulloso afrodescendiente, mulato del arrabal que logró conquistar las máximas alturas por sentirme pletórico de ese espíritu. Ya vimos lo sucedido con el Censo pasado las proporciones de personas que se autorreconocieron como afrodescendientes, más allá del color de piel, o la textura del cabello. Resulta que hay igual o menor cantidad de personas de origen indígena: totalmente sospecho y… falso.
Muchas de las “prominentes” familias pertenecientes a nuestro patriciado nacional son de origen afrodescendiente, que a fuerza de matrimonios se fueron “blanqueando” en el camino, tales como los Mendoza (descendientes de Carlos A. Mendoza), los Duque, los Lewis, entre muchas otras más. Pero, de eso no se habla, sino que se teje un manto de ocultamiento de la verdad.
Para muestra otro botón: muchas personas muy “blancas” de ojos claros, en nuestro país padecen enfermedades que son netamente propias de personas con origen afrodescendiente, como la Anemia Falciforme, por citar una muy común, con una prevalencia del 9 al 11% de nuestra población, pero si les preguntamos a lo mejor nos dirán que no.
Si nos ponemos a mirar los últimos acontecimientos relacionados con el tema es destacable lo acontecido en una concurrida pizzería, de uno de los sectores más exclusivos de la ciudad de Panamá, nos da la tónica perfecta acerca del tema. La segregación existe en el país, la concepción de separación y sospecha permanece como un antivalor más que es parte de un imaginario social que muestra que lo que se aprendió, de forma ancestral, apunta a que los negros, afrodescendientes, son indeseables solamente por serlo.
Psicólogo