Disculpas de un estadista
Aunque el envenenamiento masivo de humildes panameños aconteció durante la administración del PRD, en el periodo de Martín Torrijos, el presidente Ricardo Martinelli pidió disculpas a los afectados por el dietilenglicol a nombre del Estado. Fue un error irreparable del sistema del seguro social del Estado que segó la vida de más de un centenar de hombres y mujeres.
Asumiendo su responsabilidad como estadista, Martinelli, visiblemente conmovido hasta las lágrimas, entregó parte de la pensión vitalicia acumulada por una ley dictada por su gobierno a los sobrevivientes del trágico episodio consumado en el 2006, por ingerir el jarabe para la tos preparado en el laboratorio de la Caja de Seguro Social con un ingrediente de uso industrial que provocó consecuencias letales.
Una execrable tradición política motiva que los gobiernos no se responsabilicen por las faltas perpetradas por sus antecesores y se dediquen a perseguir y escarnecer a los responsables de los desastres. Con una concepción humanista de las responsabilidades del Estado, Martinelli ha roto esa línea de evasión de los deberes constitucionales inherentes al Estado y se puso a trabajar en defensa de la reparación económica de los derechos de las víctimas, dando una lección de ética política.
El caso desencadenado por el dietilenglicol no es la única muestra de cómo el presidente encara las responsabilidades del Estado, sin reparar en qué gobierno se pisotearon los derechos de los trabajadores y qué oscuras motivaciones politiqueras postergaron cruelmente las reclamaciones laborales. Durante cerca de 25 años, los sucesivos gobiernos hicieron oídos sordos al planteamiento de la reivindicación de derechos económicos no atendidos de trabajadores del ferrocarril y diversas instituciones estatales.
Los trabajadores despedidos deambularon por las calles de la ciudad implorando la atención de sus necesidades. Pero nadie les hacía caso. Se sucedieron, años tras años, los presupuestos generales a lo largo de un cuarto de siglo sin que se consignaran las partidas respectivas para paliar las justas reclamaciones, que recién ahora, bajo la administración Martinelli, han empezado a resolverse dentro del marco de la ley. El pueblo conoce las dimensiones humanísticas de la cadena de subsidios aplicada a los adultos mayores carentes de seguro, a los estudiantes, a los discapacitados, a innumerables panameños urgidos del apoyo estatal.
Pero la comunidad de desamparados sociales encontró por fin a un estadista de profunda sensibilidad social que conoce el esfuerzo que libran los que no tienen los medios adecuados, por edad, impedimento físico, limitación educativa, para lograr subsistir en las tensiones de la competitividad de las sociedades contemporáneas.
Quizás la explicación del altruista comportamiento reside en que Martinelli no es un político cortado a la medida de los cánones convencionales. Es un empresario exitoso que se ha hecho trabajando, y que conoce los resortes íntimos del sentido heroico de la vida. Rompe los moldes del político profesional y trabaja para los menos favorecidos. No le intimidan las calumnias, el terrorismo de los profesionales del apocalipsis, la insidia de los irresponsables. No pierde el tiempo y no les hace caso porque su compromiso no es con las oligarquías de los partidos.