Discurso sobre la oportunidad en la pobreza
La pobreza marca. Sin duda alguna puede marcar para dejar, por siempre, raíces de traumas y frustraciones, insatisfacciones, rencores, envidias, caprichos, etc., a como también para incitar al ser humano que la padece a perseguir sueños, metas, éxitos, victorias, y cuando las haya alcanzado rememorar el pasado como eso, un pasado que “quedó atrás”, que ha sido superado triunfando el bienestar, la satisfacción del deber cumplido; el haber cumplido con los padres, los maestros, la familia y la sociedad.
La pobreza marca, sin duda alguna que marca. También a los que ha marcado con frustraciones y resentimientos, que nunca logran superar, de nada les ha valido haber salido de ella, pues siguen en la miseria, en el rencor, en los traumas y por mucho éxito que hayan logrado, siguen postrados en un escenario de mucha miseria y pobreza espiritual.
La pobreza marca, marca a los hombres y a las mujeres buenas que la han sufrido para motivarlos a que no es la voluntad de Dios que haya pobreza ni que nadie se quede, aun naciendo pobre, en medio de ella. Marca los senderos que le permiten distinguir entre lo malo y lo bueno, los caminos que deben seguirse para llegar a obtener los medios y así vivir una vida decente, decorosa, de satisfacciones personales familiares, sociales. La pobreza marca duro, sin duda alguna, a quienes ven en ella, no el trauma ni la desesperación, sino el medio del cual hay que escapar, salir, no quedarse postrado en él, sino que hay que avanzar, desarrollar, planear, luchar, sobrevivir. No puede, quien naciendo en la pobreza, quedarse en ella y morir en ella.
¿Cuántos no son los brillantes ejemplos de personas que han llegado a ocupar sitiales de grandeza y ser hombres y mujeres prósperos económicamente y en todo sentido, habiendo nacido y crecido en hogares y en comunidades en donde la pobreza extrema los atosigaba? Pero tuvieron sueños, forjaron ideales en realidades, obtuvieron el éxito, descollaron, sobresalieron, merced al estudio y el trabajo, la dedicación devota y constante. No se conformaron, por el contrario, se desconformaron; no se quedaron observando la pobreza, sino que la censuraron, y la advirtieron como algo malo, impropio a la naturaleza del ser humano. Retaron a la pobreza que los aprisionaba, que les cortaba las alas, y se rebelaron, reaccionaron, simplemente decidieron no fumar el opio de la pobreza. Esa pobreza que narcotiza las almas buenas y nobles, que los diezma a los extremos de hacerlos sentir seres infelices e inferiores a los demás. Pobres que piensan y están convencidos de que no existe un mundo mejor ni distinto al que han conocido y que todos los hombres son malos, perversos, egoístas, que no hay nadie noble ni bueno.
Pero hay pobres y míseros que nunca escapan de esa especie de nube negra que les atosiga el espíritu. Usted los advierte que han obtenido títulos universitarios, doctorados, ocupan puestos importantes en las empresas privadas, en los gobiernos, son jerarcas en sus respectivas empresas, viven bien y cómodamente, pero actúan guiados por el norte del rencor, el odio, el trauma, la frustración, en lugar de sentirse agradecidos con Dios y con la vida por haberles permitido llegar a ser alguien en la vida y que se debe ser instrumento para hacer el bien y no el mal. Gente que olvida a los pobres, destruye sus propias raíces y se convierten en instrumentos apasionados para hacer el mal y despotricar contra todo lo bueno. Guardan resentimientos, se autoaniquilan o destruyen a diario, nunca viven un momento de alegría o de satisfacción y se olvidan de dónde vienen y de dónde los ha sacado el Señor.
Viven arrastrando el pasado, llevan, como dice la Biblia, pesadas cargas sobre sus espaldas y hombros; sus miradas reflejan vacíos, huecos profundos, y degeneran en seres conspiradores, vengativos, perversos, dispuestos a entregar el alma al diablo con tal de hacer daño, mal. Ello, claro está, no significa que entre los ricos no haya mal y perversión. Es cuestión de estimación espiritual. Así como los hay buenos y sencillos, humildes y sinceros.
Corolario: La pobreza no es una maldición, sino una oportunidad para sembrar semillas fértiles en medio de tierra árida. Y en eso se especializa el Señor. Debemos, pues instar, motivar, a nuestros muchachos y muchachas, a nuestros jóvenes y niños, diciéndoles que ser pobre no es un pecado, sino que la pobreza es el escenario en donde se curten los hombres y mujeres de verdadero temple y que siempre hay una oportunidad en la vida para quien quiere desafiar a la pobreza, adoptar el reto y triunfar para llegar a ser hombres y mujeres de bien ante Dios, la familia y la sociedad.