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Diversas ideologías de la corrupción

Por: Redacción 09/06/2014

En un artículo publicado hace años en un diario de un país sureño, con el mismo título que encabeza esta nota, señalaba el autor, Álvaro Ramis, entre otras cosas, lo siguiente: “Existen variadas y diversas ideologías de la corrupción. Por ello, es necesario una fina disección para distinguirlas unas de otras. La más perniciosa de todas es la que convierte a la corrupción ajena en un insumo al servicio de la conveniencia personal. La mejor manera de acabar con la ética política es convertirla en un arma en el combate por el poder, porque en ese momento de discernimiento ético de la conducta de los dirigentes públicos se torna imposible, se hace fácil intuir que las acusaciones cruzadas que se lanzan no tienen otro propósito que saldar disputas y confrontaciones palaciegas”.

NO ES TAN CLARO LO QUE ES PEOR: UN CANDIDATO QUE NO INCURRE EN PRÁCTICAS FORMALMENTE CORRUPTAS, PERO SUBORDINADO A LOS INTERESES DE QUIENES LO FINANCIAN, O UN CANDIDATO QUE LOGRA ZAFARSE DE LAS PRESIONES PRIVADAS ECHANDO MANO DE LOS FONDOS PÚBLICOS.

En efecto, se dice que en los viejos tiempos de las monarquías, las cortes hervían de intrigas, donde insidias y calumnias servían para indisponer a un cortesano ante el rey. Por supuesto que los delitos de entonces eran diferentes. Por ejemplo: se podía acusar a un consejero indeseado de ser un hereje, o revelar sus amoríos con alguna sirvienta, o incluso sus incursiones en las tabernas frecuentadas por la plebe (ahora no son tabernas, sino modernas discotecas).

En nuestros días, bajo nuevas formas y estrategias, este recurso sigue siendo usado con amplitud porque suele redituar en la lucha por los cargos o las posiciones de autoridad. Es obvio: en esta guerra nada tiene que ver la sincera búsqueda de restablecer la moral y la ética pública, eventualmente dañadas. Se trata, de modo simple, de la utilización retórica de palabras como probidad y transparencia. En verdad, detrás de los gestos de calculada indignación, surge el dedo acusador que busca cabezas para hacer rodar ante una muchedumbre vociferante.

Y después de estas escenas de estudiada afectación, lo que nunca aparece es el debate serio sobre las estructuras corruptoras que permiten que los corruptos pasen, pero las prácticas perversas se mantengan. Observen y miren con detenimiento, sobre todo con el ojo izquierdo, el escenario nacional y se darán cuenta del aserto de lo dicho.

Hay, pues, distintas ideologías de la corrupción y se aplican tanto en el sector público como en el privado. Así vemos, por ejemplo, cuando las elecciones se resuelven con base a millones. En una compleja red de financiamientos oscuros, que entrecruzan los intereses de empresas y candidatos, o el abuso del erario por quienes detentan el poder, realmente es difícil establecer el lugar de la libre elección de la ciudadanía.

Por otra parte, existe también el padrinazgo de las transnacionales, o los compromisos adquiridos a priori por el candidato ante sus financistas. Por eso no es tan claro lo que es peor: un candidato que no incurre en prácticas formalmente corruptas, pero subordinado a los intereses de quienes le financian, o un candidato que logra zafarse de las presiones privadas echando mano de los fondos públicos.

Se impone considerar entonces, de alguna manera, la tesis maquiavélica o la discusión sobre medios y fines. No se trata de aceptar el mal menor, sino de reconocer que mientras las estructuras corruptas se mantengan, la única diferencia que separa actos igualmente repudiables es la intencionalidad que los motivó. ¿Qué se puede hacer cuando no existen medios lícitos para alcanzar nobles y justos fines? ¡Esa pareciera ser la paradoja de nuestra democracia —aún incipiente— que castiga o limita a los capaces y honestos y premia a los oportunistas!

Es decir, la existencia de mecanismos y estructuras corruptas imposibilita que un ciudadano honesto y capaz pueda llegar a ocupar un puesto de representación pública sin que de una u otra forma se manche las manos: o se subordina a sus donantes particulares o utiliza directa o indirectamente recursos del Estado.

Tampoco sería una solución a esta paradoja el hecho de que el candidato disponga de sus propios recursos, vale decir, usar el propio bolsillo para sus fines, porque entonces no estamos ejerciendo una democracia plena, sino más bien una plutocracia encubierta, lo cual desvirtúa el verdadero sentido democrático.

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Viernes 7 de agosto de 2026