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División de clases sociales


Cuando crecí, hace muchos años, no conocí la división de clases donde viví. Éramos felices con lo que cada uno tenía y no envidiábamos a los demás. Pero a partir de una época negra para el país, nos inculcaron la separación entre los de abajo y los de arriba; entre los pobres y los ricos, los patrones y los empleados, los hijos y los padres y ahora, entre los panameños y los extranjeros.

Todavía recuerdo cuando el General Torrijos rompió la agradable relación entre empresarios y trabajadores; quitó las empresas a sus dueños y las dio a los trabajadores; hizo oficiales ciertos negocios que habían estado en manos de la empresa privada como el transporte público para congraciarse con los trabajadores que pasaron a ser sus dueños y enriquecerse a expensas de la tragedia de los usuarios.

No contentos con todo esto, hizo que la antipatía de los trabajadores panameños fuera tan grande, que los tiró políticamente a la izquierda para dar contra a los que tienen algo.

Esa izquierda no se da cuenta de que ya han quedado al descubierto ante la población al querer inscribir un partido político para entregar al país a aquellos presidentes extranjeros que son autócratas.

Pero lo peor es que esos amargados viven mejor que yo, tienen carros que no puedo comprar yo y todo a expensas de los sindicatos; y muchos de esos izquierdistas, que se hicieron ricos con la dictadura militar, ahora despotrican, pero viven como lo hacen los ricos.

Opino que el que trabaja y surge tenga lo que merece, y quien no tuvo la oportunidad de educarse o de llegar más alto de donde está, debe vivir de acuerdo con lo que posee, sin amargarse ni sentir odio por los demás. Cuando veo un negocio nuevo en Panamá, ruego para que vaya bien porque eso trae trabajo para más panameños, más entradas y dinero para circular y progreso para el país. Pero si ese negocio no funciona, me duele porque se frustra el esfuerzo de quien lo abrió para tener mejor vida junto a su familia.

Como no puedo odiar a nadie y menos envidiar a quien tiene más, puedo pedir que acabe ese asedio a quien mejor vive y terminemos con la división de clases para que vivamos con amor en vez de odio; con felicidad en vez de amargura; con tranquilidad en vez de inquietud producida por el deseo enfermizo de crecer a expensas de los demás y no de ellos mismos.

Recordemos que la inteligencia y la preparación, así como la capacidad, están por encima de todo el dinero del mundo. “La mona, aunque se vista de seda, mona se queda”, así que es mejor vivir felices.