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Doble asesinato (y un olvido impune)


No hubo arrepentidos. No hubo un proceso judicial amplio y profundo para conocer a los responsables desde la cabeza hasta el último militar en la cadena de mando. Nada de eso hubo.

Tampoco, ni siquiera, dinero y voluntad para tratar de identificar unos 60 restos óseos de víctimas de la dictadura militar, encontrados por la Comisión de la Verdad entre el 2001 y 2005.

Esos restos –esos muertos- anónimos aún, esperan, más de seis años después de desenterrados, que les den un nombre y un apellido. Una identidad. Hoy, son solo huesos olvidados en cajas de cartón en una oficina estatal.

Esa, y no otra, es la gran deuda de la Democracia panameña.

Víctimas, dos veces olvidadas y sin ningún responsable. O, en realidad, toda la sociedad de alguna forma es culpable por no exigir cuentas.

Ese olvido y ese perdón (ese “mirar” de todos para un costado) sin un castigo a los responsables de la última dictadura militar que encabezó primero Omar Torrijos y siguió luego Manuel Antonio Noriega golpea los pilares de la Democracia. Los cubre de impunidad y olvido.

Igual que cubre el polvo a esos huesos en una oficina del Instituto de Medicina Legal y Ciencias Forenses.

Conocer la identidad de las víctimas y de los victimarios (que, por supuesto,  dentro de este último grupo no fue solamente Manuel Antonio Noriega) debe ser un reclamo a gritos de la sociedad. No hay olvido sin justicia.

Pero la justicia no debe alcanzar solo a los militares, a los autores materiales. Hay una gran cantidad de gente que guardó silencio, otra que fue cómplice y unos más que llenaron sus bolsillos con dinero sucio durante los años de plomo y palo.

¿Alguna vez conoceremos de verdad la historia completa? ¿Alguna vez se correrá ese velo? Quizás nunca, como quizás  tampoco convenga conocer la identidad de esos huesos viejos. Restos de personas que terminaron bajo tierra solo por atreverse a pensar distinto.